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04/03/2011 15:30

El coño jugoso de mamá 1

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El coño jugoso de mamá 1.

(Tito, casualmente, descubre a su hermana mayor depilando el coño de su madre. A partir de ese momento, se fragua el incesto en la vida de una familia aparentemente sencilla y corriente)

Amalia vivía la mayor parte del tiempo sola con sus dos hijos. Su marido, Cecilio, se dedicaba a la pesca como patrón de un barco y se tiraba largas temporadas en el mar, lejos de casa, en el océano Índico. Le había tocado una vida dura, aunque económicamente vivían desahogados. Tenía cuarenta y siete años y vivía en un pueblo de pescadores en el norte de España. Cecilio era el único hombre con el que había estado. Le conoció siendo unos adolescentes y desde entonces no se habían separado. Era feliz con él a pesar de esos dos feroces enemigos que eran la distancia y el tiempo. Se casó muy joven, a los dieciocho, y enseguida vino al mundo su hija Lorena, que en la actualidad contaba con veintiocho años. Diez años más tarde tuvieron un segundo hijo, Tito, quien acababa de cumplir los dieciocho. Vivían los tres juntos en un chalecito de dos plantas cerca del mar y en el mismo pueblo residía toda su familia, también la de su marido, así es que ante la permanente ausencia de Cecilio, se refugiaba en el calor de los suyos, que procuraban mimarla al máximo para que así esquivara esa desoladora soledad. Era una mujer atractiva para su edad y muy refinada. Era alta y delgada, rubia con el pelo corto, rapada en la nuca y con un flequillo cuya curva le tapaba toda la frente. Parecía una muñeca. Tenía los ojos azules, una bonita sonrisa, pechos muy alargados y estrechos, muy separados entre sí, con unas aureolas muy marrones y unos pezones grandes y oscuros, luego un culito ancho, pero aplanado, y unas piernas finas y largas. Solía vestir con ropa un poco anticuada, como faldas de tubo, faldas ajustadas con la base por las rodillas, blusas y prendas del año catapún, como si su desgana por acicalarse se reflejara en su modo de vestir. Todo lo contrario era su hija Lorena, una joven más bien gordita, aunque guapa de cara, porque había heredado los ojos y la sonrisa de su madre. Tenía el cabello negro, largo y liso, aunque solía llevarlo recogido en una coleta. Era de mediana estatura, y destacaban su culo y sus tetas. Poseía un culo muy redondo e imponente de nalgas tersas, y unas tetas bestiales con formas de campana, voluminosas en la base y blanditas, rozándose una con la otra, de aureolas oscuras y pezones grandes, como los de su madre. Tito, con sus dieciocho años recién cumplidos, era un joven alto como su madre, muy delgado, con piernas largas y raquíticas, con el cabello rizado y con los rasgos en la cara de su madre. Lorena trabajaba como esteticista en una peluquería. Salía con un chico desde hacía un mes, un chico que estaba muy enamorado de ella, aunque para Lorena aún no había nada serio. Tito aún estudiaba en el instituto repitiendo curso y hasta el momento no había mantenido relaciones con ninguna chica, ni siquiera había llegado a besar a ninguna, era algo tímido, como su padre, y se cortaba con las chicas. Pero como todo adolescente, se masturbaba continuamente con revistas pornográficas o navegando por webs de adultos. Nunca había sentido atracción por su madre o por su hermana, a pesar de que ellas no se reparaban en andar por casa en bragas o incluso en alguna ocasión sin sostén, como él andaba en calzoncillos delante de ellas, para él eran situaciones espontáneas y naturales. Nunca pasaron por su cabeza fantasías incestuosas ni el morbo le había acechado en ese sentido, hasta que inesperadamente se topó con una situación perniciosa donde su mente traspasó los límites de la inmoralidad. Fue como la mecha que encendería el escándalo.

Hacía una semana que su padre había partido de nuevo hacia las aguas del océano Índico, cerca de Madagascar, donde presumiblemente se tiraría unos cuatro meses sin regresar a casa, aunque al parecer tenían una avería y debían regresar a puerto para solucionar el problema. Tras el almuerzo, Tito se fue a casa de un amigo para jugar a la consola, pero se encontró con la puerta cerrada y regresó a casa a estudiar un poco para el examen de matemáticas. No tenía muchas ganas, pero debía hincar el codo o suspendería otra vez la asignatura. Su padre ya le había amenazado con quitarle del instituto si no espabilaba. Irrumpió en casa y soltó las llaves en el cenicero de la entrada.

¡Mamá, ya estoy aquí!

Vale, estoy en mi habitación.

Voy a estudiar, si me llaman, diles que no estoy.

Vale, vale, ahora te preparo algo de merienda.

Vale…

Se asomó al cuarto de su hermana y comprobó que estaba vacío. Luego fue al baño, abrió la tapa y se puso a mear. Mientras lo hacía, oyó cuchichear a ambas en la habitación. Se sacudió la polla, se la guardó y salió de nuevo al pasillo. Se fijó en que la puerta de la habitación de su madre no estaba cerrada del todo y dio unos pasos hacia ella asomándose precavidamente. Y allí las vio. Sufrió una súbita sensación arrebatadora. Su hermana, esteticista, le estaba depilando el chocho a su madre. Permanecía tumbada en la cama, boca arriba, de manera transversal, con las piernas flexionadas y separadas, con los talones en el borde de la cama, mientras su hermana, arrodillada en el suelo, le depilaba las ingles y parte del vello con una cuchilla de afeitar. Su madre estaba desnuda de cintura para abajo y para la parte de arriba llevaba una blusa estampada. Distinguió con exactitud su chocho abierto, una raja grande y jugosa con el clítoris sobresaliendo, así como parte de la raja de su culo. Su hermana le pasaba la cuchilla por el bajo vientre dejándole sólo un fino hilo de vello por encima de la raja. Tuvo que pasarse la mano por encima de la bragueta para sofocar la repentina erección, con ganas de masturbarse allí mismo, viendo el coño de su madre. Se había encontrado con aquella escena por casualidad, pero resultaba tremendamente excitante.

Ya está, te ha quedado muy bien – dijo su hermana secándole el chocho con una toallita.

Al incorporarse, justo cuando también su madre bajaba las piernas para levantarse, Lorena miró hacia la puerta y le descubrió vigilándolas. Tito se sonrojó y se apartó de inmediato, retrocediendo a toda prisa hacia su habitación y cerrando la puerta. Qué vergüenza que su hermana le hubiese pillado y que para colmo se lo contara a su madre. Le tacharían de marrano pervertido y si además llegaba a oídos de su padre se ganaría un buen par de hostias. Hacía calor. Se desnudó y se quedó sólo con un slip negro elástico y se puso a estudiar, aunque era incapaz de concentrarse, por un lado le azotaba el temor y por otro las ganas de masturbarse tras haber visto a su madre en aquella postura, con el chocho abierto mientras su hermana se lo afeitaba. A media tarde, su madre le llevó la merienda comportándose con él de una manera natural, señal de que su hermana no le había contado nada. Un par de horas más tarde, continuaba encerrado en su cuarto, sin querer salir, por temor a enfrentarse a Lorena. Su madre entró dos o tres veces para convencerle de que bajara a cenar, pero le dijo que no tenía hambre y que quería terminar algunas tareas. Ahora miraba a su madre con otros ojos. Había entrado con el camisón puesto, un camisón color crema muy largo, casi por los tobillos, pero transparente. Se apreciaban con claridad sus bragas blancas y sus tetas alargadas balanceándose bajo la gasa, con las aureolas oscuras y los pezones pegados a la tela. Aquellas transparencias le hincharon la polla. Cuando se inclinó para recoger la bandeja, se fijó en su culo aplanado y ancho, con una parte de las bragas metida por la raja. Qué polvazo tenía, con esa madurez y ese morbo. Quería alejar esos sucios pensamientos de su cabeza, pero la erección no bajaba y comenzaron a forjarse fantasías eróticas en su mente con su madre como protagonista indiscutible. Se sintió como un jodido pervertido, pero la sensación resultaba indomable. Trató de relajarse concentrándose en la lectura, sentado en la cama, con la espalda reclinada en el cabecero. Sólo leyó un par de páginas y sin la debida concentración. Soltó el libro a un lado. Quería masturbarse, pero sabía que lo haría pensando en su madre, en su postura en la cama, y no quería hacerlo. Debía contenerse. Era del todo inmoral. Iba a apagar la luz para tratar de dormir, cuando su hermana Lorena irrumpió en la habitación. Sus mejillas se sonrojaron al verla. La había evitado durante toda la tarde. Continuó tumbado boca arriba, desnudo, salvo por el slip elástico donde se apreciaban los contornos de su pene y sus cojones, contornos donde reparó Lorena, como reparó en su cuerpo delgado y blanco, sin apenas vello por ningún sitio. Iba con un camisón largo de satén color rosa, de finos tirantes y escote en V, con copas fruncidas que realzaban sus grandes pechos y detalles de encaje alrededor de ellas, con una pronunciada abertura lateral que dejaba a la vista su grueso y terso muslo. Cerró la puerta tras de sí y dio unos pasos hacia la cama.

¿Qué haces? No has aparecido en toda la tarde.

Iba a dormirme, mañana tengo un examen de mates y quería madrugar – le aclaró envuelto aún en el sonrojo.

Lorena se sentó en el borde de la cama, a la altura de su cintura y mirando hacia él. Cruzó las piernas. La abertura lateral la dejaba en una posición muy erótica, con sus pechos descansando sobre los muslos y con el canalillo que separaba sus tetas distinguiéndose en el escote. A Lorena, inevitablemente, se le iban los ojos hacia el bulto del slip. Era una chica muy calenturienta. Con veintiocho años y no había tenido ninguna experiencia sexual, quizás por su físico, al estar algo rellenita, pero jamás tuvo relaciones sexuales y con el chico con el que estaba saliendo aún no había nada serio.

Te he visto cómo nos espiabas… - le confesó.

Tito empalideció y al instante sonrió temblorosamente.

Ha sido sin querer, iba a ver a mamá y…

Tranquilo, no pasa nada, me imagino que ha sido sin querer.

¿Le has contado algo?

No, como quieres que le cuente. Es algo normal, los hombres sois todos unos salidos. Seguro que te has excitado viendo cómo le afeitaba el coñito…

Bueno, un poco sí… - reconoció con la misma voz temblorosa.

Con tu propia madre, serás guarro – bromeó dándole un cariñoso manotazo en la pierna.

Qué quieres, la he visto ahí, abierta de piernas, y tú ahí, arrodillada, afeitándole el chocho… Parecíais dos lesbianas.

Jajajaja… Se te ha puesto dura, ¿eh, canalla? – le achuchó su hermana.

No he podido evitarlo.

Lorena le pasó la mano por encima de la rodilla en dirección al muslo, a modo de suave caricia.

Como sois los tíos – añadió de ella recorriendo el muslo de la pierna desde la rodilla hasta lo alto del muslo, casi hasta rozarle los genitales con el canto de la mano.

¿A ti no te pone cachonda afeitarle el chocho?

¿A mí? No, hombre, estoy acostumbrada a depilar a mujeres todos los días. Además, es mi madre, no soy tan pervertida como tú. Seguro que te has masturbado – imaginó mirándole a los ojos.

Aún no, pero tengo muchas ganas de masturbarme...

¿Y por qué no lo has hecho?

Preferiría que alguien me hiciera una paja…

Su hermana no paraba de acariciarle la pierna, bien deslizando la palma o con las yemas de los dedos.

¿Y pensarías en ella, en mamá?

Sí, me ha gustado su chocho.

¿Te la follarías? – le preguntó con la mirada clavada en el bulto y con su vagina al rojo vivo por la morbosidad de la conversación.

Sí, me encantaría follármela…

Estás empalmado – le dijo dándole unas palmaditas a la polla por encima del slip.

Estoy demasiado caliente. ¿Quieres hacerme una paja?

De las palmaditas, pasó a sobar el bulto deslizando la palma por los contornos del pene. Comprobó la extrema dureza y la increíble longitud, así como la blandura de los huevos.

Pero no se lo digas a nadie, ¿vale?

Nadie se va a enterar. Hazme una paja, hermanita…

Ella misma se ocupó de bajarle el slip con las dos manos, descubriendo una polla fina pero extremadamente larga, de un tono blanquecino y un glande reluciente y enrojecido. A medida que deslizaba el slip por sus piernas, se fijó en su escaso vello en la base y en sus huevos, pequeños, redondos y duros, de un tono rosado que destacaban con la blancura de su piel. Le sacó la prenda por los pies y Tito estiró las piernas separándolas. Su hermana le agarró la polla por la mitad, la colocó en vertical y se la empezó a machacar muy despacio.

Ahhh… Qué gusto… - decía él jadeando, abriendo y cerrando los ojos, cabeceando en la almohada.

¿Te gusta? – le preguntó ella.

Sí, me gusta mucho, lo haces muy bien… Ahhh… Ahhh…

Ella iba acelerando progresivamente, ahora sujetando la polla más cerca del glande, apretándola con fuerza para disfrutar del tacto y la dureza, de aquella piel tan lisa, sin imperfecciones.

¿Estás pensando en el coñito de mamá?

Síiiiií… Me gusta su coño… Ahhh… Ahhh… ¿Por qué no te sacas las tetas? Deja que te vea las tetas… Ahhh… Ahhh…

Con la mano izquierda, se bajó un tirante y luego el otro. El camisón cayó por sí solo hasta su regazo, dejándola con sus dos gigantescas tetas al aire, dos masas de carne blanda con formas de campana, con aureolas ennegrecidas y gruesos pezones, meneándose muy levemente al son de los movimientos del brazo. Ya le sacudía la verga a un buen ritmo. Sintió un cosquilleo en la vagina, como si los flujos le bajasen. Necesitaba tocarse. Condujo la mano izquierda bajo el camisón, ante los atentos ojos de su hermano, que no paraba de jadear, y se la metió dentro de las bragas, unas bragas blancas de satén, para masturbarse zarandeándose el chocho con la palma. Tito observaba los nudillos de las manos revolviéndose por dentro de las bragas.

Estás cachonda, ¿verdad?

Tú me has puesto cachonda…

Me gusta cuando le afeitas el chocho… Dame más fuerte…

Aceleró bruscamente agitándole velozmente al mismo tiempo que se agarraba el chocho para menearlo en círculos. Tito extendió el brazo derecho y le pasó la mano por ambas tetas, para después cogerlas por la base, subiéndolas, deformándolas, cómo si quisiera comprobar su peso y blandura. Después le agarró una de ellas por un pezón y se la agitó hacia los lados. Ella se frotaba el chocho con tanta intensidad que los dedos le sobresalían por los laterales de las bragas, así como parte del vello. Tito comenzó a jadear nerviosamente contrayéndose y cabeceando bruscamente. Lorena emitió un jadeo cerrando los ojos y juntando las piernas, con la mano atrapada y manchando. Un segundo más tarde, la polla comenzó a salpicar leche hacia arriba, gotas espesas que se repartieron por los alrededores. Lorena cesó de sacudirla y la soltó. Tenía la mano salpicada. Su hermano se revolvía para contener el inmenso placer.

Espera, que te limpio…

Le cogió el slip y luego le sujetó la polla por la base para secarle el glande y algunas salpicaduras del tronco. Después le pasó la prenda por los huevos y le limpio algunas gotas del vientre. Al inclinarse, sus tetas le rozaban el muslo de la pierna. Se limpió la mano manchada y soltó el slip para subirse los tirantes y forrarse las tetas, ajustándose las copas.

Gracias, hermanita – le agradeció Tito con la respiración aún entrecortada.

Nos hemos calentado un montón – le dijo levantándose y alisándose el camión -. Ni una palabra, ¿eh? O nos cuelgan.

Tranquila, mujer. Qué buena paja me has hecho…

Me voy…

Se inclinó y le besó en la frente como si fuera un niño pequeño, después se giró y abandonó la habitación. Tito se relajó con los ojos cerrados, sin perder la erección, sabía que iba a tener que hacerse otra paja rememorando lo que acababa de suceder con su hermana.

A la mañana siguiente, sonó el despertador a las ocho de la mañana. A Tito le costó incorporarse porque había dormido poco y tenía la polla molida de tantas pajas que se había hecho, y aún así salió empalmado. Estaba desnudo. Se la miró. La tenía muy dura y muy caliente. La paja que le había hecho su hermana le había inducido un morbo indestructible que alimentaba su recién llegada perversión. Trató de recapacitar, de valorar las graves consecuencias del incesto, todo resultaba tan inmoral que si alguien les descubría el escándalo sería bestial. Estaba manteniendo relaciones sexuales con su hermana mayor, y para colmo, bajo la inspiración del chocho de su madre. Oyó la puerta de enfrente, la de la habitación de su hermana. La oyó caminar por el pasillo. La oyó entrar en el cuarto de baño. Solían coincidir por las mañanas. Su madre aún tardaría un par de horas en levantarse. Volvió a mirarse la polla, estaba muy caliente. Se levantó y salió de la habitación para dirigirse hacia el baño. Caminó desnudo por el pasillo e irrumpió de repente cerrando la puerta inmediatamente. Su hermana, frente al lavabo, con el camisón rosa, se enjuagaba la boca tras haberse lavado los dientes. Le miró por encima del hombro y le sonrió.

- ¿Dónde vas?

La abrazó por detrás rozándole la polla por el culo, por encima de la tela satinada, y la rodeó con los brazos sobándole las tetas y besuqueándola por el cuello.

¿Cómo está mi gordita?

Ay, no me digas eso – se quejó dándole un manotazo.

Mira cómo estoy – jadeó aplastando la polla contra el culo de su hermana, estrujándole las tetas con ansia.

Seguro que te has tirado toda la noche pajeándote con el coñito jugoso de mamá…

Síiii. Tiene un coño muy rico… Ven, ven conmigo…

La rodeó por la cintura para acercarla a la taza. Cerró la tapa y se sentó reclinándose en la cisterna y separando las piernas, con la polla en alto.

Hazme una pajita, anda, sé buena…

Lorena, deseosa, se arrodilló entre las piernas de su hermano.

¿Vas a pensar en el chocho de mamá? – le preguntó rodeando la verga con la mano derecha y acariciándola por todo el tronco.

Sí, quiero su chocho… Sácate las tetas.

Se bajó los tirantes con la mano izquierda y la prenda cayó hacia la cintura dejándole las dos tetazas al aire, dos tetazas que comenzó a golpearse con la punta de la verga al son de las sacudidas. Tito bufaba desbocadamente al percibir la blandura de las tetas, al percibir cómo su polla se hundía en aquella masa esponjosa, cómo rozaba aquellos pezones duros y erguidos. Se miraban a la cara. Se la machacaba muy velozmente sobre las tetas, golpeándoselas con fuerza. Tito extendió su brazo y le acarició la cara con las yemas de los dedos.

Te gusta mi polla, ¿verdad, gordita?

Sí, me gusta mucho. ¿Te gustaría follarte a mamá?

¿Y a ti? ¿Te gustaría que me la follara?

Sería morboso, ¿no? – añadió sin cesar de agitarse la verga sobre las tetas, que se balanceaban ante los incesantes golpes.

Quiero verle el chocho… Ahhh… Ahhhh… - Continuaba acariciándole la mejilla -. Grábala, grábala con el móvil… ¿Lo harás?

Sí…

Quiero verte el culo, deja que te vea el culo…

Lorena se puso de pie y se volvió dándole la espalda. Terminó de bajarse el camisón hasta los tobillos y acto seguido se bajó las bragas hasta la mitad de los muslos, mostrando un culo gordo y ancho, de abultadas nalgas de piel tersa y tono tostado, con la densa mata de vello distinguiéndose entre las piernas. Se curvó ligeramente hacia delante, con las tetas colgando y la raja del culo algo abierta, una raja profunda con un ano rojizo, impoluto y tierno. Tito se puso de pie y en ese momento ella echó su brazo derecho hacia atrás, le agarró la polla y comenzó a sacudírsela sobre el culo, rozándose las nalgas con el glande, a veces deslizándolo a lo largo de la raja. Le miraba por encima del hombro, inclinada, acariciándose el chocho mientras se golpeaba el culo con la polla. Pronto los jadeos de su hermano se hicieron más continuos y más profundos. Aceleró los tirones de la verga, sin parar de rozársela por las nalgas, hasta que sintió cómo le vertía la leche sobre unas de ellas, un par de chorritos que formaron dos hileras que resbalaron hacia abajo, una hacia las piernas y otra hacia el fondo de la raja. Tito emitió un par de bufidos cuando su hermana le soltó la verga y terminó sentándose de nuevo en la taza, tratando de recuperarse del esfuerzo lujurioso al haberse corrido sobre el culo de su hermana. Lorena también se irguió. Arrancó un trozo de papel y se limpió el culo deslizando la mano desde el chocho hasta la rabadilla, después con otro trozo de papel, se secó la hilera de leche que aún le resbalaba por la pierna.

Espero que no nos pillen – le dijo a su hermano al subirse las bragas.

No nos pillan, mujer, teniendo cuidado…

Se subió el camisón y se ajustó las copas a las tetas. Vio que la polla de su hermano iba desinflándose.

Bueno, amorcito, voy a vestirme…

Se inclinó hacia él y le besó en el pelo, después Lorena abandonó el cuarto de baño. Antes de vestirse, se masturbó en su cama, oliéndose y chupándose la mano que había agarrado la polla de su hermano, reconstruyendo mentalmente cada segundo de las masturbaciones. Tenía veintiocho años, por su aspecto físico los chicos apenas se fijaban en ella y aún era virgen, jamás había sentido las eléctricas sensaciones de una experiencia sexual, aunque era consciente de la inmoralidad de esas experiencias.

El deseo sexual de Lorena parecía insaciable ahora que lo había probado y grabó con el móvil a su madre mientras se desvestía, mientras se untaba de crema por todo el cuerpo, mientras meaba y se duchaba. Ella era su hija y tenía licencia para andar cerca cuando estaba desnuda. Captó unos primeros planos de su chocho, con el único objetivo de incitar a su hermano. Grabó más de quince minutos de intimidad de su madre y luego en la peluquería, como regalo, grabó a su jefa mientras meaba y a una clienta a la que tuvo que depilarle el coño. Lorena estaba cegada por la lujuria más perversa, una ninfomanía que se había ido fraguando con el tiempo debido a su sequía sexual, a la envidia que sentía por sus amigas, las guapas, y que había alcanzado su punto álgido cuando su hermano las espió depilando el coñito jugoso de mamá. Su chico la telefoneó varias veces a lo largo de la mañana, seguramente con la intención de quedar con ella para tomarse unas cañas, pero no atendió ninguna de sus llamadas. Al mediodía, almorzaron los tres en la mesa rectangular de la cocina. Cruzaba miradas obscenas con su hermano y cuando su madre se levantaba ambos la seguían con los ojos, excitándose con sus movimientos, sobre todo con el contoneo del culo y los pechos bajo la blusa que llevaba. Y Amalia, como una incrédula, ignoraba las sucias pretensiones de sus propios hijos.

Tras la comida, recogieron la mesa. Los hermanitos se sentaron en el sofá para ver la tele, uno junto al otro, mientras que Amalia dijo que tenía que hacer unos recados y que estaría un buen rato fuera de casa. Tito vestía un pantalón de chándal negro y una camiseta blanca de tirantes y su hermana una camiseta elástica roja, con un escote muy abierto en forma de U, y una faldita blanca de pana gruesa, con la base algo por encima de las rodillas. Los dos permanecían relajados en el sofá cuando oyeron la puerta de la calle. Entonces Tito le asestó una palmada en la pierna.

¿La has grabado?

Sí – dijo sacando el móvil -. He grabado su coño para ti, sé que te gusta, y muchas más sorpresas…

Tito tomó el móvil y él se encargó de buscar las carpetas donde estaban los videos almacenados. Comenzó a reproducirlos y a fascinarse con lo que veían sus ojos, resoplando y mordiéndose los labios.

Ummm… Qué chocho más rico… Mira cómo mea… Ohhh…

¿Te gusta? Seguro que estás empalmado – le dijo pasándole la mano por encima del bulto.

Umm… Sí, cómo me gustaría follármela – comentó sin apartar los ojos de la pantallita del móvil.

¿Quieres que te masturbe?

Mastúrbame, tócame la polla, la tengo muy caliente…

Mientras su hermano veía las escenas grabadas, Lorena se ocupó de bajarle el pantalón del chándal y deslizarlo hasta los tobillos. Luego le bajó simplemente la delantera del slip, dejándola enganchada bajo los cojones. Ladeada hacia él, le cogió la polla con la derecha y se la comenzó a sacudir despacio, para gozar de aquel tacto duro. Tito permanecía atento a las imágenes mientras su hermana le movía la verga.

Me gustaría verte follar con ella – reconoció su hermana.

Joder, si pudiera follarle ese chochito…

Tiene que ponerse cachonda algunas veces, con papá tan lejos y sin verse durante tanto tiempo…

Mira qué culo tiene…

Ahora Lorena le agarró la polla con la izquierda para masajearle los huevos con la derecha, sobándolos con suavidad, aplastándolos con la palma o deslizando las yemas por sus duras asperezas, machacándole la polla con golpes contundentes. Tito ya fruncía el entrecejo para jadear, con el móvil en la mano, atento a la pantalla, aunque a veces miraba hacia la mano de su hermana para comprobar la intensidad de los tirones a la verga.

Ohhh… Ahhh… ¿Por qué no te sacas las tetas? Me gusta verte las tetas mientras me masturbas… Vamos, sácatelas…

Lorena se sacó la camiseta por la cabeza liberando sus gigantescos pechos acampanados. Tiró la camiseta y se echó sobre el regazo de su hermano, aplastando las tetas contra su barriga. Le cogió la verga colocándola verticalmente y comenzó a mamársela subiendo y bajando la cabeza. Llegaba con los labios hasta la base y ascendía hacia el glande, lo saboreaba con la lengua y volvía a descender. Qué rica estaba la polla. Mantenía un ritmo lento en la mamada, como queriendo disfrutar de su sabor. Tito sujetaba el móvil con la mano izquierda manteniéndolo en alto y con la derecha le acarició la espalda, hasta que pasó por encima de la falda y le tiró de la prenda hacia la cintura, para así sobarle el inmenso culo por encima de las bragas. Se tiraron así hasta que los videos terminaron.

Por qué no te bajas y me chupas los huevos…

Lorena bajó al suelo, de rodillas, y dio unos pasos hasta meterse entre sus piernas. Le bajó el slip hasta los tobillos y se lo quitó junto al pantalón del chándal. Tito se agarró la verga para sacudírsela mientras ella se curvó ladeando la cabeza para lamerle los huevos. Se los lamía con toda la lengua fuera, sin parar, llegándoselos a levantar por la fuerza que ejercía para chuparlos. Tito sólo veía sus ojos y su frente, olisqueando bajo su polla, notando cómo se los mojaba. A veces escupía sobre ellos y repartía la saliva con la punta de la lengua, jugueteando, con las babas colgándole de la barbilla. Tito se la machacaba despacio, como queriendo contener la llegada de la eyaculación.

Qué bien lo haces, gordita… Te gusta chuparme los huevos, ¿verdad, gordita?

Su hermana apartó la cabeza para mirarle.

Sí, me gusta. ¿Te han chupado alguna vez el culo?

No – contestó Tito aminorando la masturbación -. ¿Quieres chuparme el culo?

Lo que tú quieras, pero lo vi una vez en una película porno. Al tío le gustaba…

Venga, chúpamelo, guarra…

Tito levantó las piernas hacia arriba, reclinándose un poco más para que el culo sobresaliera por el borde. Su hermana, sentada sobre los talones, acercó la cara y le abrió la raja para dejar expuesto el ano de su hermano, un ano blanquecino y rugoso. El olor era hediondo y llegó a expresar un gesto de asco cuando sacó la lengua y le acarició el ano con la punta. Los cojones le golpeaban en la frente al estar sacudiéndosela. Notaba el mal sabor a heces, pero no paraba de rozar la punta, sólo la punta, por encima del orificio.

Wow… Ohhhhh…

Electrizado, Tito se irguió bajando las piernas y agitándose la polla a la desesperada. Lorena también se incorporó, con las manos reposando en las rodillas de su hermano. Tito se la meneaba encañonándola, hasta que unos segundos más tardes numerosos escupitajos de leche se repartieron por sus tetas, resbalando posteriormente mediante hileras lentas, con algunos pegotes atrapados en las aureolas oscuras, por encima de los pezones. Tito volvió a dejarse caer hacia atrás soltándose la verga y extendiendo los brazos. Lorena se miró las tetas manchadas.

Joder, tía, cuando me has chupado el culo me ha venido la leche de repente.

¿Te ha gustado?

Joder, impresionante. ¿Y a ti? ¿Te gusta lamerme el culo?

Es un poco asqueroso, la verdad, pero bueno, si te gusta, pues lo hago. ¿Te limpio?

Límpiame la verga.

Recogió antes la camiseta del suelo y se la puso tapándose, sin ni siquiera limpiarse el semen que le corría por las tetas. Se comportaba como la sumisa de su hermano. Luego se colocó la falda y extrajo un clínex del paquete. Volvió a arrodillarse entre las piernas de su hermano, le sujetó la verga y le secó el glande y los huevos, luego se ocupó de subirle el slip y el chándal. Después se puso de pie.

Bueno, voy a tomar un café y me voy.

¿Me dejas el móvil? Voy a pasar los videos al mío.

Vale, luego me lo das. Adiós, guapo.

Adiós, gordita, y gracias por la mamada.

De nada.

En su habitación, al cambiarse de ropa para ponerse el uniforme del trabajo, se masturbó clavándose dos dedos en el coño. Necesitaba sofocar la calentura de su sangre. Como sumisa, ella era quien le satisfacía, sin embargo le tocaba autosatisfacerse, su hermano no se ofrecía a masturbarla. Sabía que ya estaba atrapada en esa aureola de placer y que iba a costarle mucho esfuerzo escapar de su fuerza.

Se pasó toda la tarde trabajando con la mente puesta en las escenas con su hermano. No lograba concentrarse, tenía la vagina que le crepitaba de placer, y para colmo tuvo que depilar tres chochos, tres chochos que tocó y olió, así es que luego tuvo que masturbarse en el cuarto de baño.

Cuando regresó a casa, su madre preparaba la cena y su hermano acababa de salir de la ducha con un albornoz puesto. Tanto ella como su madre se pusieron cómodas, Lorena con su habitual camisón de color rosa y abertura lateral y su madre con el suyo largo de color beige, donde se le transparentaban sus tetas alargadas y sus bragas negras. Ya en la cocina, cenando, los hermanos se cruzaban miraditas lujuriosas cada vez que la madre se levantaba, devorándola con sus ojos viciosos. Cómo movía el culo, cómo se columpiaban las tetas bajo la gasa, chocando una contra la otra. Cenaban en una mesa rectangular con unas enaguas para arroparse las piernas. Amalia y Lorena permanecían una junto a la otra, mientras que Tito se encontraba frente a su hermana. Bajo la mesa, Tito extendió la pierna derecha. Lorena notó el pie de su hermano colándose entre sus piernas, bajo el faldón del camisón. Abrió las piernas y bajó las manos metiéndolas por debajo de las enaguas. Se miraban a los ojos. Le agarró el pie. Se colocó la planta encima de las bragas. Lorena se lo masajeaba bajo la mesa con ambas manos mientras su madre hablaba de las últimas anécdotas de su padre. Con cuidado, se apartó la delantera de las bragas a un lado y su hermano le pegó la punta del pie, hurgando con el dedo gordo en la rajita del chocho. Lorena se mordía el labio inferior. Tito apretaba con el pie y ella misma se colocó el dedo en posición horizontal para hundírselo un poco en la raja, para masturbarse con él. Meneaba suavemente la cadera para percibir la presión del dedo metido en su rajita. Subió la mano izquierda para continuar comiendo y que su madre no sospechara, manteniendo la derecha bajo la mesa, sujetando el pie de su hermano por el tobillo mientras le escarbaba el chocho con el dedo gordo. Hubo un momento en que cerró los ojos soltando un bufido, Tito no paraba de agitar el dedo para masturbarla. Poco después, notó que manchaba y ella misma despegó el pie del chocho. Entonces Tito lo retiró. Menudo morbo. Su hermano la había follado con el dedo del pie, bajo la mesa, mientras su madre cenaba. Más tarde, ellas recogieron la mesa y él se deleitó con sus movimientos. Con aquellos camisones tan sugerentes, parecían dos putas a su disposición. La polla le iba a reventar. Para Tito, la moralidad ya carecía de todo valor. Más tarde, vieron un rato la televisión, hasta que su madre comenzó a bostezar y se levantó de repente.

Bueno, voy al servicio y a la cama -. Le dio un beso a cada uno -. Mañana tengo que salir temprano con el tío Román para que en la gestoría nos preparen la declaración de la renta. Que alguien me llame, ¿vale?

Yo te llamo, mamá – le dijo Tito.

Cuando abandonaba el salón, Tito se levantó y se sentó al lado de su hermana para susurrarle al oído:

Ves con ella, grábala, quiero verle el chocho. Seguro que va a mear.

Lo voy a intentar, pero no te prometo nada, no quiero arriesgarme.

Lorena recogió de la mesa su móvil, activo la cámara y siguió a su madre. Cuando entró en el cuarto de baño, simulando que iba a lavarse los dientes, Amalia se estaba subiendo los faldones del camisón para bajarse las bragas. Pudo grabarle su culo ancho y aplanado, cómo se sentaba a orinar y cómo después se limpiaba el coño con un trozo de papel. Mientras se subía las bragas, Lorena tuvo tiempo de ocultar el móvil bajo la toalla. Se despidió de su hija con otro beso y después salió hacia su habitación. Lorena reprodujo el video para asegurarse de que todo se había filmado perfectamente, después salió del baño y se dirigió hacia su cuarto. Se sentó en el borde de la cama, hasta que cinco minutos más tarde irrumpió su hermano cerrando la puerta tras de sí.

Chsss, igual todavía está despierta – le advirtió ella.

Tito se despojó del albornoz exhibiendo su total desnudez, ya con la verga completamente empinada e hinchada. Se detuvo frente a ella, con la verga a pocos centímetros de su rostro.

¿La has grabado?

Sí, cuando meaba. Toma.

Le entregó el móvil para que él mismo lo reprodujera, pero antes, la ayudó a quitarse el camisón por la cabeza, dejándola con sus tetazas al aire y con sus braguitas ceñidas a las caderas.

Quítate esto y mastúrbame…

Se la empezó a sacudir con suavidad, verticalmente, acariciándole los huevos al mismo tiempo, mirándole sumisamente, mientras su hermano visualizaba el video.

Soy una buena espía, ¿eh?

Ummm… Qué coño… Me encanta ver cómo mea… Mira cómo se limpia el chocho… Ummm… Qué polvo le echaba…

¿Te gusta?

¿No te gustaría lamerlo cuando la depilas?

Sí, me excita mucho afeitarla…

Qué suerte tienes de tocarle el chocho. Bájate las bragas... – Lorena le soltó la verga para quitarse las bragas, exhibiendo ante su hermano un chocho muy carnoso, con labios gruesos y raja profunda, toda la zona con un vello denso recortado por los bordes del triángulo -. Échate hacia atrás – le pidió sacudiéndosela él mismo.

Su hermana acató la orden y se tendió hacia atrás. Sus tetas blandas se menearon como flanes, ladeándose hacia los costados. Separó las piernas y entonces su hermano flexionó la pierna derecha elevando el pie para acercarlo a su chocho. Primero se lo acarició con la planta, presionándolo, pero luego le hundió el dedo en la carnosa raja, follándola con él. Lorena meneó la cadera elevando la cabeza para mirar cómo la masturbaba con el pie.

Qué chocho tienes, guarra… - le decía con el dedo gordo clavado -. Mueve el coño, muévelo…

Ay… Qué gusto, Tito…

Decía meneándose, ahora sujetándole el pie con ambas manos para follarse ella misma. Pero Tito retiró el pie, para que ella se incorporara y aún sujetándolo con ambas manos le lamiera el dedo gordo y probara las sustancias vaginales.

¿A qué sabe tu chocho? -. Pero ella continuaba lamiéndole como una posesa el dedo del pie, como si fuera un pene grueso y diminuto, con el talón apoyado contra el muslo -. Quiero ver cómo meas, como lo hace ella.

Lorena levantó la cabeza hacia él, aún con el pie entre sus manos y el dedo gordo ensalivado. Tito bajó la pierna y la ayudó a levantarse sujetándola del brazo. Ambos se encontraban de pie junto a la cama, desnudos. Tito miraba hacia todos los rincones. Descubrió encima de la cómoda una vasija de cristal, ovalada, plana, pero grande, llena de pañuelos del pelo y orquillas de toda clase.

¿Aquí? – preguntó ella.

Sí, quiero ver cómo meas…

Cogió la vasija y vertió todos los pañuelos y orquillas sobre la superficie de la cómoda, después depositó la vasija en el suelo, a un metro de la cama.

Mea ahí…

Pero…

Venga, cerda, deja que vea cómo meas.

Está bien…

Lorena se acuclilló con la vasija bajo su vagina, envuelta en esa mirada sumisa que buscaba los ojos de su hermano. Tito se colocó frente a ella, de pie, machacándose la polla desesperadamente ante el calentón que suponía verla en aquella postura. Lorena sonrió y al segundo comenzó a mear, hasta ir llenado poco a poco el recipiente de un caldo amarillo claro, contemplando cómo su hermano se zarandeaba bruscamente la polla, abrasado por la lujuria más perversa.

¿Te pone verme mear? – le preguntó cuando le caían las últimas gotas, dejando la vasija llena más o menos por la mitad.

Sí, me encanta, ¿sabes qué me gustaría?

Qué

Mearte el chocho…

¿En serio? ¿Quieres mearme el chocho?

Sí, sé que lo deseas, quiero mearte el coño…

Va a oler mucho, pero, bueno, ten cuidado, ¿vale?

Sí, ahh… Separa las piernas y ábretelo…

Su hermana, acuclillada con la vasija debajo, medio llena de su pis, separó un poco las piernas y con ambas manos se abrió la raja del coño metiendo los brazos bajo los muslos, mostrando el tono rojizo y encarnado de sus profundidades y su clítoris abultado, con su gran culo rozando los cantos acristalados del recipiente y con las tetas aplastadas contra los muslos de las piernas. Le miró a los ojos viendo cómo bajaba la polla para encañonarla. De pronto salió un chorro potente de pis que se estrelló contra su ombligo, salpicándole las tetas, aunque enseguida bajo un poco más la polla hasta acertar en el centro del chocho. Lorena se miró cómo le meaba el coño, cómo salpicaba hacia todos lados y cómo la vasija iba llenándose hasta rebosar, manchándole el culo. Miró a su hermano y le ofreció una sonrisa. Era una meada larga que le estaba dejando el chocho empapado. El chorro fue perdiendo fuerza y Tito dio un paso hacia delante para no mear fuera, llegando a rozarle el pezón de un pecho. Lorena se miró. Tenía el culo sumergido en el pis. Se levantó apartándose a un lado, junto a su hermano, observando con él cómo el caldo amarillento se derramaba por los lados. Tito la miró. Tenía las tetas salpicadas y todo el vientre abrillantado por la cascada de pis, con el chocho completamente empapado y chorreándole hacia abajo.

Qué guarros nos hemos vueltos, ¿eh? – le dijo ella.

Me apetece follarte, imaginar que eres ella…

¿Te gustaría mearla, como has hecho conmigo?

La agarró de la coleta y le tiró de la cabeza hacia atrás, dándole unas palmaditas en la cara y bajando con la mano por su cuello para sobarle las tetas y esparcir por la masa blanda las gotas de pis.

Síiiii, quiero mearla. Eres una guarra y me apetece mucho follarte.

No tenemos preservativo…

Sabré dar marcha atrás. Vamos, colócate en la cama…

Lorena, dispuesta, caminó hacia la cama y se subió de rodillas para colocarse a cuatro patas, con las rodillas cerca del borde, el culo en pompa, las tetazas balanceándose hacia abajo como las ubres de una vaca y con la mirada al frente. Qué culo más grande tenía ante sí, con aquel chocho pulposo, con el vello mojado, de donde aún le caían algunas gotas. Toda la raja del culo y parte de las nalgas las tenía caladas de pis, con alguna hilera resbalándole por el muslo. Era todo para él. Se acercó a ella sacudiéndose la polla para enderezarla aún más y la posicionó en horizontal para conducirla a su rajita carnosa y húmeda. Su hermana miraba al frente al notar el roce. Jamás imaginó que fuera su hermano pequeño el hombre que iba a desvirgarla. Poco a poco la fue penetrando sujetándola por las caderas. Lorena apretaba los dientes, percibiendo cómo la verga iba encajándose en las profundidades de su chocho. En cuanto pegó la pelvis al culo, comenzó a follarla de un modo sosegado, extrayendo la verga hasta el capullo y hundiéndola despacio. Su hermana sólo exhalaba para no hacer ruido, mirando al frente, mordiéndose el labio para capturar los escalofríos lujuriosos que le proporcionaban las lentas penetraciones. Sus tetas se meneaban lentas. Con los pulgares, su hermano le abría la raja del culo para fijarse en su ano, bañado en pis, mientras le inyectaba la polla con lentitud. Apenas hacían ruido. Ella a veces miraba por encima de su hombro y observaba el rostro de su hermano, con el ceño fruncido y con la mirada clavada en su culo, presenciando el deslizamiento lento de la verga.

¡Qué gusto más grande follarte! – exclamó él sin dejar de moverse, pasándole la yema del dedo pulgar por encima del ano.

¿Te imaginas que es mamá? Me gustaría ver cómo la follas…

Síiii… Eres ella… Ahhhh… Ahhh…

Yo también estoy sintiendo mucho – añadió Lorena, que cerraba los ojos para concentrarse, para gozar de aquel desbordante placer.

Le acariciaba las nalgas y esparcía algunas gotas de pis por toda su piel, por su cintura y por la rabadilla. Soltó unos bufidos muy seguidos.

Ufff… Me voy a correr…

No te corras dentro, Tito, es peligroso… - le pidió ella.

Le sacó la verga para darse con la mano, con la punta rozándole el clítoris. Lorena cerró los ojos y al segundo notó cómo le salpicaba el coño, cómo se lo cubría con la espesura de la leche, llegando incluso a dejarle toda la zona de la rajita inundada.

¡Joder, qué guay! – exclamó Tito soltándosela, observando cómo la crema cubría toda la rajita -. ¿Te limpio?

Sí, por favor…

Cogió las bragas de su hermana y se las pasó por el chocho atrapando las porciones de semen. Las dobló y se lo volvió a secar. Después le limpió el culo pasándole las bragas por toda la raja y le secó algunas salpicaduras de las nalgas. Luego tiró las bragas al suelo y Lorena se incorporó bajando de la cama.

Bueno, gordita, voy a dormir un poco, ¿no?

Sí, yo voy a recoger todo esto y a ventilar un poco.

Se dieron un besito en los labios y Tito abandonó la habitación. Lorena se colocó el camisón y recogió sus bragas manchadas. Olía fatal. Su ninfomanía se había contaminado de la lujuria más obscena y perversa, llegando a practicar con su hermano la lluvia dorada. Después, con sumo cuidado, cogió el recipiente del suelo, llegando a vertérsele el pis por los lados, manchándose los dedos, y lo llevó hasta el lavabo para vaciarlo en la taza. Lo enjuagó en la bañera y regresó a su cuarto para fregar la habitación con agua limpia. Lo perfumó todo y trató de no dejar rastro de la perversión. Luego se acostó y durmió, ya desvirgada por su propio hermano pequeño.

Amalia se despertó muy temprano para ir a la gestoría, donde estaría ocupada toda la mañana. Se arregló con ropa informal y desayunó unas galletas con un café. Tenía prisa. Su cuñado la recogería enseguida. Sus hijos aún dormían. Pasó por el cuarto de Lorena para despertarla y le dio un beso de despedida. Después fue hacia la habitación de Tito para darle otro beso. Pero se detuvo al abrir la puerta. Su hijo aún dormía, pero estaba desarropado y completamente desnudo. Permanecía tumbado boca arriba con las piernas muy separadas y los brazos encima del tórax. Irremediablemente, se fijó en su larga y reluciente polla, flácida y recostada hacia un lado, con sus huevos entre las piernas descansando sobre el colchón. Le dio corto verle desnudo y cerró la puerta enseguida. Hacía varios años que no le veía desnudo. Menuda salchicha tenía, pensó sonriendo, no estaba mal dotado. Se encontró con su hija en los pasillos. Iba adormilada y con su camisón rosa.

Me voy, hija, tu tío Román debe de estar fuera esperándome. No te asomes a la habitación de tu hermano porque está en bolas, tan campante. No sabía que durmiera desnudo.

¿Y le has visto?

A ver, iba a llamarle, pero me ha dado corte. Ya se despertará, Bueno, me voy.

Volvieron a besarse y salió deprisa de la casa. Su cuñado Román la esperaba en el coche. Román era su cuñado, el hermano mayor de su marido. Ya estaba jubilado, había cumplido los sesenta y cinco, y su aspecto físico así lo atestiguaba. Poseía un aspecto escuchimizado, de mediana estatura, con piernas muy esqueléticas, ya medio calvo, salvo por la hilera de canas con forma de herradura, con la cabeza apepinada y un rostro de facciones muy abrutada. Aunque era un hombre sencillo y bonachón que se prestaba a todo tipo de favores. Era un solterón, vivía solo y siempre había estado muy unido a su hermano, a pesar de que le envidiaba. Amalia le gustaba, siempre le había gustado, pero había conseguido guardar el secreto por respeto a su hermano y siempre había mantenido las distancias. Había sido su amor platónico e inalcanzable a pesar de la edad que les separaba. Le gustaba hacerle favores, olerla, mirarla, deleitarse con sus encantos, pero siempre con la discreción suficiente como para no alertar a nadie. Era consciente de que jamás saldría de sus fantasías. Cuando ella montó en el coche, se pusieron a revisar la documentación que llevaban consigo para llevar todo debidamente preparado. En ausencia de su marido, su cuñado Román la ayudaba en aquel tipo de gestiones.

En la casa, Tito salió de la habitación cubierto por un albornoz, pero sin abrochar, por lo que su verga lacia se columpiaba hacia los lados con cada paso. Se encontró con su hermana en el pasillo, ataviada con el camisón rosa de satén. Ella se inclinó para darle un beso en la mejilla.

Buenos días.

Buenos días. ¿Me llevas a mear?

Jajajaja, cómo eres hermanito. Voy a parecer tu sierva, llevándote hasta mear…

Eres mi putita, ¿o no te gusta ser mi putita?

Sí, me gusta ser tu putita.

Llévame a mear, putita.

Le acompañó al baño. Tito se colocó frente a la taza y ella, a su lado, le agarró la verga floja apuntando hacia el interior de la taza. Enseguida salió el chorro. Ella se la sostenía sujetándosela con las yemas de los dedos, hacia abajo, para que no se meara fuera.

Qué gusto que te la agarren mientras meas…

Qué guarros nos hemos vuelto…

El chorro fue cesando y ella se la sacudió antes de soltársela. Tito dio un paso atrás.

¿Tú no meas?

Sí – contestó levantándose el camisón.

Deja que yo te abra el coño…

Se sentó en la taza y separó sus piernas. Su hermano se arrodilló ante ella y con los pulgares de ambas manos le separó bruscamente los labios vaginales dejando su chocho muy abierto. Ella se quejó con una mueca, pero enseguida la abordó una sonrisa de complicidad. Hizo fuerza hasta que un chorro disperso cayó de su vagina. Su hermano le mantenía los labios vaginales separados mientras meaba.

¿Sabes que mamá te ha visto desnudo esta mañana? – le confesó sin parar de orinar, percibiendo la presión de los dedos sobre su coño.

¿En serio? Ummm…

Seguro que se ha excitado – añadió ya con el chorro muy flojo.

Deja que te limpie -. Tito arrancó un trozo de papel higiénico y le secó el chocho pasándoselo repetidas veces -. Hoy, entonces, estará todo el día recordando mi polla.

Sí, igual se masturba pensando en ella – le incitó su hermana levantándose y bajándose el camisón.

¿Por qué no vamos a su habitación y me das unas bragas suyas? Quiero olerlas…

Se me va a hacer tarde, Tito…

Vamos, me pone cachondo saber que me ha visto desnudo.

Y a mí.

Salieron juntos del baño en dirección al cuarto de su madre. Nada más entrar, Lorena abrió un cajón y sacó un tanga de color negro, de satén, y unas bragas blancas de encaje. Su madre solía usar tangas para llevar el culo flojo con las faldas. Tito descolgó de la percha el camisón crema que solía ponerse todas las noches.

Póntelo, quiero que seas ella…

Tito cogió el tanga para olerlo mientras su hermana se desvestía para colocarse el camisón largo y transparente de su madre. Le estaba pequeño y le quedó muy ajustado, con la gasa a punto de reventar, con sus tetas apretujadas, como si sus pezones fuesen a romper la tela, y con su coño y su culo visible por las transparencias.

Ven a la cama… -. Tito subió en la cama y se recostó boca arriba con las piernas separadas, sin parar de oler el tanga de su madre -. Mastúrbame, vamos, dame con sus bragas…

Lorena subió y se arrodilló entre las piernas de su hermano, sentada sobre los talones y curvada hacia sus genitales. Le agarró los huevos con la mano derecha y con la izquierda le rodeó la verga con las bragas blancas de su madre, comenzando a sacudirla velozmente. Miraba hacia su hermano como una sumisa. Los huevos se los estrujaba despacio y la verga se la agitaba oculta por las bragas.

Ahhh… Qué gusto, zorra… Ahhh…

Apartó las bragas para deslizarlas por el muslo de la pierna y se la agarró con la derecha para mamarla como una descosida, sacudiéndosela sobre la lengua. Tito cabeceaba mordiendo el tanga de su madre. Lorena se la machacaba velozmente con el capullo dentro de la boca. A veces dejaba de sacudírsela para sólo chupársela y babosear sobre ella, aunque enseguida reiniciaba la masturbación, ahora pasándole las bragas por los huevos.

¿Te imaginas que soy ella? – le preguntaba su hermana.

Ummm… Sí, eres mamá, sigue, guarra… Wow…

Volvió a metérsela en la boca lamiéndola por todos lados, con ansia, sin descanso, aplastándole los huevos con las bragas. Amalia, su madre, lo veía y lo escuchaba todo desde la puerta, paralizada por un aluvión de escalofríos. Había regresado para buscar documentación que le faltaba y su cuñado la esperaba en el coche. No se lo podía creer. Su hija haciéndole una mamada a su hijo, con sus bragas y con su camisón, en su cama, como simulando que Lorena era ella. No salía del asombro, no parpadeaba, sus hijos estaban liados sexualmente. Vio cómo Lorena le levantaba las piernas y se lanzaba a chuparle el culo, con toda la lengua fuera, deslizándola por encima del ano como si fuera una perra. Agitaba la cabeza para cosquillearle, le estampaba besos en el ano o trataba de follarle con la punta de la lengua. Actuaba como una puta viciosa. Nunca se llegó a imaginar semejante grado de perversión en sus hijos. Cómo parar aquella situación, cómo enfrentarse ella sola a una lujuria tan incestuosa como aquélla. Estaba asombrada de la intensidad con la que le lamía el culo, de cómo le pasaba las bragas por los huevos o de cómo su hijo se sacudía su polla larga y pulida a la vez que mordisqueaba y olía el tanga negro. Le tenía todo el ano baboseado y había pasado a comerse los huevos, pero Tito bajó las piernas incorporándose.

Colócate, mami, deja que te folle…

Le oyó decir a su hijo. Lorena se colocó a cuatro patas mirando hacia el cabecero y Tito se arrodilló tras ella, subiéndole el camisón hacia la cintura y dejándola con su culo gordo y ancho en posición. Parecían dos perros. Le dio unas palmaditas en el chocho antes de acercarle la polla y clavársela secamente. Su hija aulló de placer y los jadeos se intensificaron cuando comenzó a follarla con fuerza. Tito le abría la raja del culo para verle el ano, cómo palpitaba, cómo se contraía, y luego deslizaba las manos por su espalda, acariciándola, por encima de la gasa del camisón, hasta agarrarle la coleta con ambas manos, como si fueran las riendas de un caballo, para tirar de su cabeza hacia atrás.

Chilla, perra…

Lorena emitía gemidos estridentes. Tito aceleraba las embestidas tirándole de la coleta. Los jadeos se sucedían sin descanso. Le metió el tanga negro dentro de la boca. Tito hizo una pausa, sacó la polla, se inclinó hacia ella, le lamió el culo con tres pasadas y volvió a erguirse para continuar follándola, esta vez más deprisa. Amalia se fijaba en el culito de su hijo, que no paraba de contraerlo para hundir la polla en el coño de su hermana. Qué vergüenza si alguien se enteraba de aquello, si llegaba a oídos de su marido o de cualquiera de su entorno. Ya la follaba muy apresuradamente, aferrado a sus caderas, chocando violentamente la pelvis contra el culo. Sonó una bocina procedente de la calle, seguramente Román, avisándola para que se diera prisa. Amalia se acojonó ante el temor de ser descubierta y retrocedió dando un paso. Tito miró y vio un reflejo en la puerta y una sombra que retrocedía, pero estaba a punto de eyacular y se esforzó en metérsela fuerte. La extrajo de repente, se dio unos fuertes tirones y al instante gruesas salpicaduras de leche espesa se estrellaron contra el chocho inundándolo todo. Lorena, aún a cuatro patas, se sacó el tanga de la boca, meneando el culo, percibiendo el semen calentito humedeciéndole la vagina. Tito se fijó cómo el semen goteaba lentamente hacia las sábanas. Cogió las bragas blancas y le limpió el chocho hasta secárselo, luego se apeó de la cama y fue en busca de su albornoz.

No sé, pero creo que nos ha visto.

Lorena se estaba quitando el camisón de su madre.

¿Quién?

Me ha parecido, no sé, no me hagas caso.

Pues estamos apañados como nos haya visto, aunque no creo que se atreva a decirnos nada.

Igual le ha gustado, jaja…

Anda, vámonos, ya llego tarde al trabajo.

Tito salió de la habitación y Lorena se ocupó de dejar todo listo. Alisó la cama, colgó el camisón y recogió las bragas. Se paró a reflexionar sobre la posibilidad de que su madre les hubiese descubierto. Lo cierto es que las relaciones incestuosas con su hermano se estaban desmadrando y era consciente de que estaban corriendo muchos riesgos, pero era una ninfómana y las sensaciones no las podía controlar. Aquella relación, por el bien de todos, debía mantenerse en secreto. FIN PRIMERA PARTE. Carmelo Negro. Email: joulnegro@hotmail.com

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Autor: Sexyplayer
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