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24/07/2011 15:31

El pais de las mujeres descalzas : elsa 1

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El origen de esta historia es una historia escrita hace años junto a otra persona.

Esa historia es ELSA LA CHICA DESCALZA, y la pueden encontrar aquí mismo publicada. (http://todorelatos.com/relato/50344/)

Años después empecé a solas otra historia, LAIA, que deje con solo unos pocos episodios, y posteriormente, me reuní de nuevo con el autor con el que escribí Elsa para iniciar una nueva historia. LA CONDENADA DESCALZA, la cual, de momento y hasta que la elimine por ser revisada y para ser incluida aquí, encuentran también por partes en esta web. (http://todorelatos.com/perfil/1280754/)

Ahora, he decidido emprender yo solo, ya que el coautor de las obras ha desistido de hacerlo, pero me ha dado su permiso para hacer todas las modificaciones pertinentes, reescribirla desde cero, desde Elsa, la chica descalza, y hacer una gran historia de chicas descalzas y torturadas.

Sera un trabajo largo tediosos y del que espero su ayuda, comprensión y colaboración.

Espero lo disfruten, y sepan, que aunque este ya mucho escrito, las modificaciones (cualquiera) están sujetas a sus opiniones y consejos, por lo que cualquier comentario, sea lo que sea, y/o sugerencia hacia el futuro de los personajes y/o para cambiar la historia pueden hacerlo a esta dirección: megustanlospiesdescalzos@hotmail.es

GRACIAS.

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PRIMERA PARTE

AÑO 2000/2001

ELSA RIQUELME

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LOS PIES DESCALZOS DE ELSA

Jueves 28 Septiembre del año 2000

Republica Laudana

Nada más llegar al aula aquella mañana y sentarse, la chica de la última fila de la clase, la que estaba sentada en el penúltimo pupitre, se descalzó lentamente los mocasines negros del uniforme y se sentó sobre uno de sus pies desnudos, cubierto solo por las suaves medias rojas de nylon, apoyando el otro pie igualmente desnudo en el frío suelo de mármol del aula, sonriendo al sentir la gratificante sensación del frio suelo en su planta descalza.

Siempre que podía, fuera donde fuera, Elsa, se descalzaba.

A la chica le gustaba sentir el suelo bajo sus pies desnudos, solo que en casa procuraba hacerlo cuando estaba sola, ya que a su padrastro no le gustaba que fuera descalza por ningún sitio, decía que eso hacía que una señorita fuera una vulgar mendiga, y él no quería mendigas en casa. Aunque el motivo era realmente distinto. Su padrastro era un fetichista de pies, y adoraba ver pies descalzos, pero no deseaba ver los de su hijastra, no deseaba verlos pues sabía que de hacerlos se enamoraría de ellos y desearía hacerles todo lo que él hace a los pies de las mujeres con las que se ha acostado, incluyendo a la madre de Elsa, la cual tenía los pies más hermosos que él había visto nunca.

Elsa vivía sola con su padrastro. Su madre había muerto hacía casi ya dos años, y desde entonces la chica vivía con él. Su padre biológico había muerto al tener ella dos años y no lo recordaba, y cuando cumplió los cuatro, su madre se había vuelto a casar con un importante militar del ejército del país.

Los primeros años fueron buenos, incluso antes de morir su madre también, pero desde la muerte de esta, todo ha ido mal para la chica, que ha descubierto lo rudo y cruel que es su padrastro, además de exigente. Tanto que no ha dudado en ponerla sobre sus rodillas o tumbarla sobre la cama y azotar su culo desnudo con las zapatillas o su cinturón, bien por romper un vaso, llegar tarde a casa, sacar malas notas o realizar mal las tareas del hogar como limpiar, preparar la comida o hacer la compra.

La pobre Elsa añoraba a su madre, tanto que lloraba cada noche acostada en su cama, sobre todo si había recibido algún azote esa noche antes de acostarse, y solo deseaba irse de casa, pero con sus dieciséis años, diecisiete cumplirá el próximo sábado, estaba aún muy lejos de hacerlo, pues la mayoría de edad en Laudana se alcanzaba a los veintiuno, y aunque este fuera su último año y se graduara ya para ir a la universidad, su padrastro le había dicho que iría a la de la ciudad, yendo y viniendo desde casa cada día, pues no consentiría que fuera a un colegio mayor.

La chiquilla descubrió su pasión por andar descalza hace dos veranos, cuando su madre aun vivía, en el mes de julio, cuando volviendo a casa una tarde su sandalia se rompió y tuvo que hacer el resto del camino descalza, tras ver que la sandalia no tenia arreglo y la tiró, junto a la otra, a una papelera.

La joven, que nunca había estado descalza ni siquiera en casa por orden de su padre, a pesar de que si había visto andar descalza a su madre por casa, descubrió la maravillosa sensación que eso la producía, y a la vez que con miedo por si este la descubría, descubrió que aquello la gustaba.

Aquel día, al llegar a casa, no había nadie. Dio gracias al cielo y al chica fue corriendo a su habitación a cambiarse el calzado y luego al baño. Allí, observó la suciedad e sus plantas del pie, y las encontró hermosas. Las acarició suavemente e incluso las besó. Desde ese día, siempre que podía, incluso por la calle, se descalzaba y andaba con los pies libres, siempre con miedo de ser descubierta por su padre o por algún amigo de este, era por eso que siempre que andaba descalza lo hacía lejos de casa.

Cuando su padre, tras mudarse a la capital del país por un ascenso (lo que la obligó a irse de su casa de siempre y a dejar a sus amigas a kilómetros de distancia) la metió a principio de curso en el colegio actual, solo para chicas, Elsa descubrió que la sensación de descalzarse en clase era maravillosa, y siempre que podía lo hacía, a pesar de que en estas cuatro semanas de curso las burlas de sus compañeras no habían hecho sino crecer.

En su anterior colegio, donde no tenía que llevar uniforme, también se descalzaba. Solía quitarse las deportivas o los zapatos o sandalias que llevase según la época del año y sus compañeras no decían nada. Es más, en verano, muchas chicas se quitaban sus sandalias dejándolas bajo el pupitre sentándose sobre un pie descalzo o con las piernas cruzadas y nadie, ni siquiera los profesores, les decía nada. Aquí, sin embargo, todo era distinto, empezando por el uniforme, algo que no había llevado nunca, y que ya odiaba, a pesar de la comodidad de poder descalzarse fácilmente los mocasines en cualquier momento.

Pero no solo eso. Elsa, que no había hecho ninguna amiga aún, tenía que soportar cuando se descalzaba que la metieran chinchetas en sus mocasines. Esto había provocado algún grito de dolor inesperado cuando se volvía a calzar, bien para salir de clase o para ir a la pizarra por orden del profesor. Afortunadamente, cada vez lo hacían menos, y solo se burlaban de ella en los recreos y a la salida, pero ella siempre las ignoraba. Nunca la habían descubierto los profesores, y si alguno o alguna, como la profesora de historia, se había dado cuenta no había dicho nada, y la chiquilla daba gracias por eso.

Aquel día todo cambiaría para ella, desde ese día, su vida daría un giro tremendo y terriblemente cruel y doloroso que acabaría por marcar la vida de una nación sin que ella lo supiera. Desde ese día, Elsa descubriría que andar descalza no es siempre placentero, aunque con el tiempo… . ¿Quién sabe?

Aquel día, sin que Elsa se diera cuenta, la chica que se sentaba tras ella se agachó bajo el pupitre y alargando las manos quito los mocasines de Elsa de debajo del pupitre de la chica y se los dio a otra chica que estaba fuera del ángulo de visión de Elsa la cual los guardó en su mochila entre risitas de las compañeras que lo veían. Elsa, sentada sobre uno de sus pies y con el otro apoyando la punta de los dedos en el suelo, no se dio cuenta. Seguía absorta en la explicación del profesor, hasta que este terminó la lección y dejando la pizarra volvió a sentarse.

-- Bien – dijo el profesor desde lo alto – Ahora saldréis para hacer los deberes que os puse ayer. Veamos… .

> > Elsa Riquelme.

Elsa se sobresaltó al oír su nombre, pero enseguida se recompuso. Sonrió, cogió su cuaderno de trabajo y liberando su pie derecho de debajo de su culito buscó los zapatos, primero despacio, y luego, nerviosamente, hasta que bajó la mirada y vio que no estaban. En ese momento, la pobre chica se empezó a poner nerviosa. No sabía que hacer.

-- Elsa, venga. Sal

-- No los hice señor. – tenía que ganar tiempo, no podía decir que había perdido los zapatos, ¿Cómo explicaría semejante ridículo?

-- Bueno, da igual, sal y los haces ahora.

Se empezó a poner roja como un tomate, ¿qué podría hacer?. Las risas tras ella y a su lado le hicieron saber quien le había quitado los zapatos. Elsa las miró con miedo y odio, casi llorando, con una súplica en sus ojos. No podía salir así, sería vergonzoso. Además, tenía que volver a casa, y no lo podía hacer descalza, cuando ella llegase su padre ya estaría, y al verla se pondría furioso. Seguro que la azotaba el culo tanto que mañana no podría sentarse.

-- No… no puedo señor.

-- ¿Cómo dices?

-- No puedo salir a la pizarra señor.

-- ¿Por qué no?

-- ¡Porque esta descalza señor profesor!

Elsa abrió muchos los ojos y miro atrás, había sido García, la chica que le había robado los zapatos quien lo dijo.

-- ¿Descalza? – gritó el profesor mientras las chicas se levantaban y corrían a ver a Elsa y reían al verla, efectivamente, con sus pies descalzos solo cubiertos por las medias bajo el asiento -- Elsa ven aquí ahora mismo, no me hagas ir.

Muerta de vergüenza, la joven se levantó y ando hasta la pizarra mientras las compañeras volvían a sus sitios y sonreían señalándola los pies mientras murmuraban divertidas. Mientras, Elsa sentía la sensación de andar descalza por el suelo del aula descubriendo que era gratificante. Aquello, sentir el frío mármol a través de la tela de las medias rojas del uniforme que le llegaban hasta las rodillas, la agradaba, a pesar de que estaba a punto de llorar por el miedo al castigo, Elsa, sentía placer por andar descalza, y la joven notaba ya sus pezones duros y su entrepierna húmeda.

Por fin, tras un lento camino casi arrastrando sus pies por el suelo, Elsa llegó ante el profesor, que la miraba desde lo alto de la tarima, y se colocó delante de este profesor. El hombre, mirando a sus pies, no podía ocultar el enfado.

-- ¿Dónde están tus zapatos?

-- No lo sé señor. – Elsa no podía mirarle a la cara, sin levantar la vista del suelo, la joven miraba sus pies descalzos asustada. ¿Qué la pasaría?

-- ¿No lo sabes? ¿Y cómo crees tú que han desaparecido?

-- Me los han robado.

Un murmullo de risas corrió la clase, el profesor hizo un gesto con rabia en los ojos y todo el mundo se calló.

-- Pero te habrías dado cuenta ¿no?

-- No señor, estaba descalza en mi pupitre, los tenia debajo y…

-- ¿Descalza en tu pupitre? – chillo el hombre.

-- Si señor. – dijo Elsa llorando, mirando al suelo, y cayendo las lagrimas osbre sus pies descalzos.

-- Bien acompáñame al despacho del director.

Elsa, avergonzada y llorando, mirando siempre hacia el suelo, hacia sus pies protegidos tan sólo por las medias rojas, acompañó al profesor al despacho del director. Ambos salieron, entre las risas y burlas de sus compañeras. Las chicas podían ser crueles, más aún en un colegio en el que no había hombres y podían comportarse como realmente eran, sin tener que preocuparse por lo que digan “ los chicos” , sin tener que fingir, dejando salir a flote sus verdaderas personalidades, crueldades y pasiones, y todas las alumnas, no paraban de reír y comentar lo de Elsa, sonriendo la ver el trofeo que Garcia tenía en sus manos cuando Elsa salió del aula con el profesor, los zapatos de su compañera, haciéndolas estallar en carcajadas y comentarios divertidos para ponerle motes a la nueva.

-- Veremos que hace sin ellos. – dijo García guardándoselos ahora ella en su mochila. – Porque no se los pienso devolver a no ser que me obliguen, y si me obligan, tendremos que enseñarla modales.

Y todas rieron.

Elsa esperó afuera del despacho del director mientras el profesor y este conversaban. La joven estaba sentada en una silla, bajo la mirada de la joven secretaria del director que procuraba no mirar a Elsa y sus pies. La chica, estaba ya sin llorar, con sus pies descalzos, cubiertos solo por sus medias rojas, sobre la moqueta de la habitación, moviéndolos nerviosa sobre los mismos Como a los 15 minutos, se abrió la puerta y el profesor le dijo:

-- Señorita Riquelme, adelante

Elsa entró. Era la primera vez que era convocada a esta oficina, ni siquiera cuando su padrastro la inscribió fue allí, solo había ido él, y recuerda que su padrastro le había dicho que el director del centro era un hombre excepcional y encantador. Pero además había otra razón, una razón oculta, por la cual el padrastro de Elsa y el director del centro habían congeniado. El director del centro era también un fetichista de pies, como el padrastro de Elsa, que además disfrutaba torturando los pies de las mujeres, igual que el padrastro de Elsa, solo que director, gozaba más y era más imaginativo.

Aquel día de la entrevista entre ambos hombres, Héctor Riquelme descubrió por casualidad el fetichismo del director al entrar acompañado en el despacho del mismo acompañado por la secretaria que calzaba unas sandalias planas que mostraban todo el esplendor de unos hermosos pies largos, finos y delicados.

Héctor Riquelme se fijó como miraba ese hombre esos pies y se arriesgó a comentar en voz alta al salir la joven “ que pies más bonitos tiene su secretaria” y a partir de ahí, todo se desencadeno, y ambos hombres compartieron anécdotas, y correos para pasarse enlaces a foros y webs y fotos de mujeres descalzas. Muchas de las que el director recibió eran fotos de la madre de Elsa, la cual, al morir, tenia treinta y seis años, y unos pies preciosos y hermosos, que habían sido adorados y castigados durante los nueve años de matrimonio.

Dentro del despacho todo era ordenado y serio, decenas de libros adornaban el enorme librero de la pared. Libros de psicología, de docencia, de temas diversos. Una vez entró, Elsa se quedó de pie ante la mesa, bajo la mirada del director que abrió mucho los ojos al ver los pies de la chica. Estaban cubiertos por las suaves medias, y aun así, adivinó a través de estas unos pies realmente preciosos, posiblemente de los más bonitos que había visto.

Nada más verlos, deseo cogerlos, tocarlos, acariciarlos, besarlos, lamerlos, morderlos, azotarlos, quemarlos… El director notó una erección creciéndole y tosiendo, aclarándose la garganta y haciendo un acopio de fuerzas para apartar la vista de los preciosos pies de Elsa, miró a la cara de la chica.

-- Señorita Riquelme, ¿por qué está usted descalza? - Dijo el Director.

Elsa balbuceo, y casi llorando, empezó a hablar.

-- Señor, me quité un momento los zapatos para estar más cómoda y cuando el profesor me llamó adelante, no los encontré, alguien se los llevó para jugarme una broma y...

-- Entiendo... – la interrumpió admirando de nuevo esos pies deliciosos y preciosos que ya deseaba azotar -- ¿acostumbra Ud. Quitarse los zapatos en clase entonces?

-- Yo, este... bueno, sí, a veces... es que me siento más cómoda y...

El director la volvió a interrumpir. Las lágrimas de la chica le excitaron más. Se imaginó que eran de dolor por sentir la punta de un cigarro apagándose en su talón, o por notar una chincheta entrar en la delicada piel de las almohadillas bajo los dedos, o por notar como su cinturón de piel estallaba en sus arcos.

-- Bien, así que está más cómoda... – dijo mirándola a la cara totalmente empalmado ya -- es decir que antepone su comodidad y conveniencia a las normativas del colegio, yendo en contra del correcto uso del uniforme.

> > Señorita Riquelme, entienda Ud. Que este colegio es una institución seria, respetable. Aquí las preparamos para la vida, las educamos. No es posible que Ud. Ande descalza en clase, es inadmisible, y....

-- Señor, lo esperan en Recepción - Interrumpió una voz femenina en el intercomunicador.

-- Que pase por favor. Dijo el Director.

Un par de minutos después, un hombre serio y vestido de elegante uniforme militar con condecoraciones en la pechera entró al despacho.

-- Adelante señor Riquelme, -- Elsa llevaba el apellido de su padrastro -- tome asiento por favor. -- dijo el Director, mientras Elsa, con el rostro enrojecido de vergüenza hasta verse casi como sus medias rojas, miraba sólo hacia el piso, avergonzada de la presencia de su padre y temerosa del castigo que le esperaba en casa.

-- Señor Riquelme, su hija ha violado las normativas de nuestra Institución estando descalza en clase. Ni siquiera sabe dónde están sus zapatos.

Héctor Riquelme miró a los pies de Elsa y un ardiente deseo de cogerlos y acariciar sus plantas para lamerlas y azotarlas le invadió. No, se dijo, no, no estaba bien, no estaba bien… Pero el deseo era mayor, y esos pies tan hermosos le recordaron a los de la madre de la chica, y el general ya empezó a planear un castigo para la pobre chica en casa. Uno solo, se dijo, si es buena, uno solo. Y sonrió excitado por la idea de azotar unos pies tan jóvenes y hermosos, sabiendo que el director estaba deseando hacer lo mismo que él, o quizás, se dijo sonriendo y excitado, cosas peores.

-- Señor Director, -- comenzó el general serio mirando a Elsa, a sus pies, sintiendo el miedo de la chica que sollozaba mirándose los pies y mojando de nuevo estos con sus lágrimas -- le ruego me disculpe, desde que su madre falleció cada vez me es más difícil controlar la rebeldía de esta muchacha, ya no sé qué hacer.

-- Entiendo... – dijo el director sonriendo, teniendo ya una esplendida idea en la cabeza, que seguro agradaba al padrastro de la chica tanto o más que a él -- Creo que la mejor manera de combatir una enfermedad o desviación es con un tratamiento adecuado.

> > Su hija nos ha dicho que se descalza en clase por comodidad, por su comodidad, así que haremos que se sienta siempre cómoda, tal vez así entienda por qué la gente usa calzado. Claro, si es que Ud. Está de acuerdo.

Héctor Riquelme creía saber por dónde iban las intenciones del director y sonrió complacido, Elsa, aterrada, lloraba ya sin contenerse, con las piernas temblando, mirando sus pies descalzos, mojando estos y sus medias con las lagrimas que derramaba.

-- ¿Qué tiene en mente, señor Director?

-- Pues ya que a Elsa le gusta ir descalza, tendrá que venir a clase descalza durante el resto del trimestre. Aún no hace frío, quedan mucho para las nevadas de diciembre, así que no creo que esto le represente problemas de salud. En diciembre, cuando empiece el frio de verdad y las nevadas, veremos que hacemos entonces.

> > Claro, si es que está usted de acuerdo con esta medida disciplinaria, señor Riquelme.

-- ¿De acuerdo? – dijo sonriendo y complacido -- Me parece muy bien señor Director. Démosle un poco de disciplina a esta niña, creo que luego de tres meses descalza aprenderá a apreciar lo que representa un par de zapatos y llegará a extrañarlos.

-- Acordado entonces. Lógicamente, al decir descalza me refiero a que llevará los pies desnudos por completo. Nada de zapatos, nada de medias o calcetines. Y le agradecería que para hacer del castigo una experiencia educativa integral, ocurra igual en casa, señor Riquelme. Es decir, sería conveniente que Elsa no usara nada en los pies ni en el colegio ni en casa, que permaneciese completa y efectivamente descalza durante los próximos tres meses. Allí evaluaremos el resultado y según eso decidiremos juntos.

-- Me parece perfecto. -- dijo admirando la belleza de los pies de la chica, ya sin preocuparle nada que sean los de su hijastra, y deseando tenerlos a sola. Cuanto más los miraba, más los deseaba, y era por eso por lo que no había querido dejarla andar descalza nunca. Sabía que no se habría podido contener, y estando viva la madre, eso era peligroso para él, pues podría denunciarle, pero esta mocosa no se atreverá.

-- Señor Director – dijo a continuación apartando levemente la vista de esos deliciosos pies que el director Gómez también admiraba lascivo -- Se hará todo como ha sugerido. Gracias por su atención y sugerencia.

Elsa escuchó aterrada la conversación de los dos adultos. ¡Descalza! ¡Tres meses! No podría soportarlo. Sí, claro, le gustaba caminar sin zapatos, experimentar distintas sensaciones en sus plantas desnudas, pero de allí a no usar calzado en absoluto, el abismo era enorme, ¡y la vergüenza! Ir sin zapatos a todo sitio, a todo lugar. Hacer el mercado los fines de semana descalza. La limpieza de casa descalza, llegar y dejar el colegio descalza! Sería la burla total del colegio y no podría hacer amigas. ¿Quién querría ser vista con una chica que no usa zapatos? Además sus pies se le pondrían horribles, seguro que se le deformarían y se le pondrían anchos y llenos de hongos. Y la suciedad... una cosa era disfrutar de la belleza de sus plantas sucias, besarlas al ver lo hermosas que se veían cuando el polvo resaltaba las delicadas y sensuales curvas de sus pies largos y delgados, finos y femeninos... y otra era que la gente, sus amigas viesen sus plantas sucias, seguro que se burlarían de ella.... ni qué decir del camino que recorría a diario de casa al colegio y viceversa... tres kilómetros sobre distintas superficies...no podría soportar el sendero que atravesaba el parque, el que estaba cubierto de grava afilada...!jamás se acostumbraría a pisar eso descalza!, y...

-- Señorita Riquelme, ¿me escuchó? - la voz del director la sacó de su sopor y la obligó a mirarle, con los ojos llorosos -- Como le decía mientras usted no prestaba atención, irá descalza durante los próximos tres meses.

-- Quítate las medias y dámelas, no las mereces -- dijo hoscamente su padre admirando esos pies y sonriendo -- Ya conversaremos en casa.

Elsa obedeció como una autómata. Se quitó las medias rojas y doblándolas cuidadosamente se las entregó a su padre, dejando a relucir dos pares de hermosos pies blancos con las uñas perfectamente recortadas y lacadas en rojo.

-- Tendrá que quitarse el esmalte señorita. – Dijo el director – A la hora del recreo venga a mi despacho en vez de ir al patio.

Riquelme sonrió, el director acariciaría esos pies antes que él. Lástima, le envidiaba. Admiró los pies de Elsa por última vez y se levantó, mirándola a la cara. La chica, muerta de vergüenza, solo veía ahora sus pies, descalzos del todo, sobre la gris moqueta del despacho.

-- Es todo señor Riquelme, muchas gracias

-- Hasta luego señor Director.

Y echando un último vistazo a los pies de Elsa, Héctor Riquelme se marchó, deseando que la chica llegara ya a casa para poder no solo tocar sus pies.

-- Profesor, por favor acompañe a la señorita Riquelme de vuelta a clase. Y recuerde jovencita, a la hora del recreo la quiero aquí.

-- ¿Buscamos en las mochilas de sus compañeras sus zapatos? – dijo el profesor mirando los pies de Elsa y sonriendo por lo divertido que le aprecia el castigo.

-- No. Que no se los hubiera quitado.

Y Elsa, sollozando, salió del despacho del director siguiendo al profesor de nuevo por el pasillo sintiendo ahora más frio el suelo que antes, pues ya no tenia la dulce y suavemente cálida protección de sus hermosas medias de nylon rojo.

Cinco minutos más tarde la extraña pareja regresaba al salón. Las chicas estallaron en risas al ver que Elsa seguía descalza y esta vez sin medias.

-- López, por favor, vaya al fondo. La señorita Riquelme se sentará en la primera fila de ahora en adelante.

Esto era aún más vergonzoso para Elsa, se dijo llorando la pobre y sentándose en su nuevo pupitre. Estando en la última fila nadie vería sus pies, pero en primera fila, todas podrían ver sus pies desnudos cuando se les antojase. Se iba a morir de vergüenza. Allí había 25 chicas mirando fijamente sus pies, sus plantas sucias, . La pobre solo quería gritar y llorar hasta desgañitarse por todo lo que se la venia encima, por todas las bromas que se les ocurrirían a sus compañeras.

--¡Silencio clase! – chilló el profesor -- ¡Basta ya! ¡Se acabó! Elsa Riquelme ha atentado contra el código de nuestra escuela y recibirá el castigo justo para ello.

> > Ya que no le gusta usar zapatos irá descalza durante los próximos tres meses para que así valore lo que significa no tener zapatos. Millones de personas en el mundo pasan hambre, van descalzas porque no tienen con qué comprarse un par de zapatos, y esta niña simplemente ha despreciado el esfuerzo que hace su padre para darle todo. ¿No le gustan los zapatos? Pues irá descalza.

Y sentenciando, obligó a Elsa a salir a la pizarra a hacer los ejercicios que debía haber hecho, dejando así a toda la clase admirar sus pies descalzos mientras la pobrecita lloraba desconsolada, mojando con sus lagrimas sus pies desnudos, donde en su blancura solo resaltaba el esmalte que ahora, en el recreo, dejaría incluso de resaltar.

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Autor: Sexyplayer
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