5

08/12/2011 15:51

Violada en la frontera

Tags:

frontera

violada

| 0 Comentarios

VIOLADA EN LA FRONTERA

Me animo hoy a escribir mi historia, tal como otras personas lo hacen aquí, con el deseo de que pueda interesar a alguien compartir mi experiencia o al menos entretener a quien la pueda leer.

Mi nombre es Marguerite, una mujer ahora de 50 años. Soy francesa, al igual que el resto de mi familia, con dos hijos. Somos de clase media-alta, nos gusta viajar, sobre todo por países exóticos.

Esta historia que ahora relato ocurrió hace 8 años, teniendo por tanto yo entonces 42. He sido y sigo siendo una mujer de buen ver, alta, fuerte, no precisamente obesa ni mucho menos, pero con cuerpo contundente, maciza, como se dice. Rubia, en mi rostro destacan unos hermosos ojos azules y en mi cuerpo unos pechos abundantes, de aureolas grandes, que encantan a los hombres. Lo noto porque alguna vez hago topless en la playa y me gusta ver como me miran, con ojos de deseo, cuando mis senos se mueven libres, opulentos. Mis muslos son también poderosos, cálidos, suaves, sin celulitis, firmes. Desde luego ningún hombre se ha quejado cuando ha estado entre ellos.

Mi historia es morbosa, fuerte y podría molestar a alguien, sobre todo a alguna mujer que pueda sentirse ofendida. Pero la cuento tal como sucedió, y cada cual que saque sus conclusiones.

¿ Es posible que una mujer violada, forzada, sienta placer… ?. Sí, sé bien que es pregunta machista, que no cabe en la cabeza de algunos y sobre todo de algunas. Pero la respuesta, al menos para mí está en mi relato.

Quizás en situaciones tan extremas pueda influir mucho la vida sexual de cada uno. La mía, ahora, en mi matrimonio, es algo pobre. Mi marido, una persona maravillosa, de gran bondad, pero apático para el sexo. Nos casamos ya algo mayores, tenemos dos hijos, y hemos entrado en rutina. Yo he sido muy activa y antes de casarnos tuve algunos amantes, disfruté mucho con el sexo. Ahora nuestras relaciones son algo mecánicas, breves, y tengo que concentrarme a veces con fantasías para poder llegar al orgasmo.

Ese verano, decidimos hacer un nuevo viaje por un país del Tercer Mundo, que no mencionaré por precaución. Solo diré que fue antiguamente una colonia francesa, motivo por el cual nuestra lengua se habla como principal idioma, aparte de otras lenguas locales. Nos gustan estos viajes exóticos, aventuras, nuevos paisajes, otras culturas. Unas veces nos acompañan los dos hijos, otras, como en este caso, ellos prefirieron quedar con sus abuelos y nos fuimos solos.

Llegamos a la capital en avión, con la intención de recorrer muchos km en todo terreno, visitando aldeas y lugares apartados. Alquilamos el típico Land Rover, cargamos nuestras cosas y a recorrer carreteras locales, polvorientas muchas veces, pequeñas aldeas, descampados. Somos algo atrevidos.

Es clima muy caluroso, de interior. Algunas zonas de montaña, pero el resto es la típica llanura, desértica, polvo, calor.

Viajamos hacia el sur, atravesando el país y en nuestra intención de pasar a la nación vecina. De esta manera llegamos a la frontera, a primera hora de la tarde. Tremendo calor, como digo. La frontera, una línea imaginaria sobre el terreno, que atravesaba una carretera local en bastante mal estado. Muchos kilómetros a la redonda en despoblado. Sobre la carretera, una pequeño edificio, rústico, con una docena de militares guardando el paso. Unos200 m. más allá, se veía otro edificio similar, el edificio fronterizo del otro país.

Nos paramos en la barrera que cortaba la carretera. Mi marido sacó los pasaportes y los entregó a un hombre uniformado, con aspecto algo sucio, descuidado. Se notaba que aquellos hombres estaban allí algo dejados de cualquier control, perdidos en el medio desierto. El hombre entró en la oficina con los pasaportes y otro, que parecía el oficial del puesto, fue paseando parsimonioso alrededor del vehículo observando. Pasó un par de veces al lado de mi ventanilla, deteniéndose algo más. Llevaba gafas de sol, lo que le permitía observarme sin recato. Caí enseguida en mi tremendo error, haberme vestido muy ligera de ropa, como si estuviésemos en Europa. Eso era otro mundo, otro lugar, donde una mujer vestida de forma llamativa desencadenada miradas furiosas de deseo. Llevaba una falta corta, ligera, que dejaba bien al descubierto mis muslos y por el calor, había dejado mis pechos sin sujetador, cubiertos solo con una holgada camiseta, que permitía bien adivinar mi anatomía. Intenté protegerme un poco, estirar mi falda, pero ya era tarde.

El hombre hizo un gesto a mi marido, señalando un cobertizo al lado del edificio principal, a cuya sombra estaba un jeep militar. En francés aceptable le dijo que pusiera el vehículo junto al otro y que entráramos al pequeño puesto. Así lo hicimos, pasando a una primera sala, como de espera, con unos bancos de madera. Un pequeño mostrador, y un ventilador en el techo, formaban el escaso mobiliario. Un grupo electrógeno, a la espalda del edificio, ronroneaba asmático, suministrado corriente eléctrica.

Nos sentamos unos minutos y por una puerta que daba al interior, salió de nuevo el oficial, solicitando a mi marido que pasara solo. Nos dijo que tenían que hacer algunas comprobaciones, que tenían instrucciones al respecto, dada la posible presencia de elementos subversivos en la zona. Que podrían tardar un poco, ya que las comunicaciones con la capital de provincia eran problemáticas.

Yo me quedé sentada esperando. Pasaban los minutos, lentos, exasperantes. No entendía por qué nos interrogaban por separado. Al cabo de unos veinte minutos volvió a salir el oficial, para decirme que todo iba bien, que tranquila. A pesar del ruido del motor del grupo eléctrico, podía oír algo las conversaciones en la sala contigua, aunque no entendía bien lo que hablaban, pero al menos escuchaba la voz de mi marido hablando de forma tranquila.

Habrían pasado 45 minutos cuando salió. Me tiré a sus brazos agobiada, preguntando si estaba bien. Nos dejaron solos un rato. Me comentó que no entendía por qué le habían tenido ese tiempo dentro, que solamente le habían hecho preguntas tontas, pero que era la costumbre y que debían hacerlo por separado.

Mi instinto femenino me dictaminó en ese momento que aquello tenía trampa. Algo preparaban aquellos hombres y no me confundí.

Al rato volvió a salir el oficial y me invitó a pasar al interior, diciendo que era mi turno. Tranquilizó a mi marido, diciéndole que sería un interrogatorio similar y con un tiempo similar. Yo me volví hacia mi esposo, con una mirada que intentaba también ser de tranquilidad, pero algo ya por dentro me estaba diciendo que nada bueno me esperaba.

Pasamos a un pasillo y luego a un pequeño despacho, contiguo, donde había estado mi marido. El oficial cerró la puerta, me invitó a sentarme en una silla y él tras la mesa comenzó a hablarme en voz baja.

- Iré directamente al asunto, señora… -comentó, mirándome descaradamente los muslos, que yo intentaba ocultar-.

- -Vd., dirá, -le contesté-.

- Mire, señora, como puede suponer, nosotros pasamos en este puesto muchos días, alejados de la civilización de nuestras familias. Normal que tengamos algunas carencias… ¿me entiende, verdad?

- No muy bien -respondí, cada vez más asustada-.

- Entre esas carencias, señora, está la ausencia de mujeres, y nosotros somos hombres, me entiende… verdad?. – Resultaba odioso, aquel “ me entiende” -. Por tanto, tenemos la costumbre, de que de vez en cuando, si por la frontera pasa una mujer… ejem… así, como vd., tenemos que solicitarle su colaboración…

- Colaboración.. ¿que tipo de colaboración, señor?.

- Ejem… bueno, creo que es fácil de entender… necesitamos relaciones íntimas.. vd. me entenderá… estamos muy solos; por tanto nos vamos turnando y cada mujer que nos gusta, la solicitamos para un par de hombres…

Me quedé estupefacta. No me lo podía creer. Un puesto oficial, del Gobierno. Un funcionario militar, insistiendo, pidiendo relaciones sexuales a una turista, y encima para dos hombres... ¿que se pensaban que era yo?. Mi voz sonó con cierta dureza, cuando le contesté:

- Creo que se equivoca, señor. Presentaré una queja en la capital contra vdes.

El hombre se encogió de hombros. Sin contestar se limitó a sacar del cajón de la mesa una bolsa de plástico, llena de algún polvo blanco.

- Imagino, señora, que sabe lo que es…

- Sí, lo supongo, que será droga.

- Efectivamente, señora. Para nosotros sería muy fácil acusarles de tráfico de estupefacientes. Imagine las consecuencias, meses de juicio, cárceles abarrotadas, años de reclusión, separados ambos de sus familias.

Se me vino el mundo abajo. No me desmayé de milagro, pero mi cara debía de reflejar mi terrible angustia.

- Verá, -continuó aquel hijo puta-, somos del Tercer Mundo, como vdes nos califican, pero no salvajes. Procuramos hacer esto de forma muy discreta, para que incluso cuando viajan en pareja como vdes, no se note y el marido no lo sepa. Por ese motivo lo hemos tenido aparte casi una hora y vd. estará este tiempo prestando servicios a mis hombres. Nadie se enterará, salvo vd. Podrá salir de aquí olvidando lo ocurrido. Ahora ponga en la balanza la otra opción, la de ser detenidos como delincuentes. Piense si vale la pena. Le doy cinco minutos para decidir.

Salió del cuarto, dejándome sola. Creí morir. Me vino a la imaginación el hecho de separarme de mis hijos, no verlos en muchos años. Terrible. Me abracé a mi bolso, como si fuera lo único que me unía a mi mundo. Hundida, acabada.

Apareció aquel mamón al cabo de un rato. Abrió la puerta y se quedó mirándome, sin decir nada, esperando mi respuesta. Me limité a hacer un leve gesto afirmativo con mi cabeza, terriblemente humillada. Entonces me invitó a salir y me condujo por el pasillo al fondo del edificio. Pasé por una puerta que daba a una sala donde un grupo de hombres jugaban a los naipes y que me miraron con gesto procaz, con espantosas sonrisas lujuriosas. Al final de pasillo, un dormitorio con un catre, casi a oscuras, solo una ventanita en el fondo daba alguna iluminación. Me dijo que me sentara en al cama y esperara. Así lo hice, aterrorizada. La cama olía a sudor, las sábanas más bien pardas de suciedad.

- Ahora vendrán dos de mis hombres, a los que le corresponde el turno. No será complicado, ya verá… -me dejó con una media risita, el muy baboso-. Procure colaborar y será mejor…

Efectivamente, al poco entró un hombre, rechoncho, barrigón. Más de 50 años, seguro. En la oscuridad, no lo veía muy bien, pero su aspecto era repugnante. Yo sentada en el borde de la cama, seguía abrazada a mi bolso. Me lo arrancó de las manos y lo tiró a un lado, al tiempo que empujándome por un hombro, me tiró de espaldas en la cama. Seguidamente, sin la más mínima delicadeza, de un tirón brutal, metió las manos bajo la falda y me arrancó las bragas que tiró al suelo. Se quitó las botas y se desabrochó el cinturón, bajándose los pantalones y unos sucios calzoncillos hasta la rodilla. De esa guisa, se puso sobre la cama, sobándome primero los muslos. Olía muy mal. Sin desvestirse del todo, intentó abrirme los muslos. Yo me resistía tremendamente angustiada. Aunque había prometido colaborar, no podía evitar el rechazo. Aquel tipo animal siguió manoseando a su antojo, las caderas, el pecho… La sensación era de una humillación y de una impotencia terribles. El hombre seguía insistiendo en abrirme y yo cerrada a cal y canto. Se refregaba los genitales en mis piernas y mi vientre, mientras intentaba abrirse camino y penetrarme. Pensé que no podría resistir aquello. Entonces fue cuando sentí que se vertía en mi muslo, el chorro de esperma repugnante, viscoso. Vaya… … .¡¡¡, un eyaculador precoz, me dije… Además de asqueroso, es incapaz de follar… Me sentí tremendamente aliviada porque supe que aquello podría ser el fin. Y lo fue… El hombre se incorporó con un gruñido, no sé si de satisfacción o de ira. Pero se incorporó, se vistió, se calzó y sin dignarse mirarme más, salió cerrando la puerta. Rápidamente me limpié aquel líquido inmundo, con la sábana. Oí fuera algunas carcajadas, los hombres harían chistes sobre mí.

Allí me quedé sola, de nuevo esperando al siguiente. Como una auténtica puta de burdel. Hacía tremendos esfuerzos para no salir huyendo… Pero el recuerdo de mis hijos y la terrible amenaza que caía sobre mí, si no cumplía lo prometido, me retenían en aquel cuartucho.

Al poco tiempo entró el siguiente. Un hombre más joven que yo, tendría treinta y pocos años. Cerró la puerta tras de sí, y lo primero que hizo fue subir algo la persiana del cuartucho. Quería más luz y la quería para verme bien. Sí, era más joven, alto, no tan mal parecido como el anterior baboso. También poco aseado, claro, allí el agua era escasa.

Me miró sin prisas, de arriba, abajo, con mirada terriblemente lujuriosa y una media sonrisa espantosa en la boca. Yo intentaba taparme como podía, me había bajado la falda y la camiseta, componiéndome un poco, pero mis bragas seguían en el suelo. El hombre las recogió, se las llevó a la boca y nariz y aspiró el aroma… Me quedé inmóvil, asustadísima. Desde luego, si aquel tipo quería oler a mujer, lo había conseguido. Mi ropa interior, dspués de toda la mañana, con calor, sudor, olería bien a mi sexo.

Dejó a un lado la prenda y se fue desnudando. Este lo hizo del todo, pausadamente hasta quedar en pelotas delante de mí. Tenía ya una erección tremenda, aunque yo evitaba mirar, no podía evitarlo, estaba allí plantado delante de mí. Un falo más bien corto, pero muy grueso. O quizás a mi me parecía corto, precisamente por ese grosor, pero bueno, grueso sin duda si que era, nunca lo había visto así. Parecía que le iban a reventar las venas, hinchadas al máximo. El miembro estaba totalmente vertical, desafiante, poderoso. El hombre presumía de aquello, exhibiéndolo delante de mí. Se lo bajaba un poco con la mano y lo soltaba, haciendo que rebotara en su vientre… Se reía, ufano, el muy cabrón.

Tras esta exhibición se subió a la cama, sentándose en el medio. Tuve que subir un poco las piernas, pero me mantenía cerrada. Este no anduvo con historias, me agarró las rodillas y apretando con fuerza me obligó a abrirme. Al soltarme volví a cerrarlas, pero me hizo un gesto amenazador con el dedo índice, advirtiéndome. Me volvió a abrir y ya me quedé así, espatarrada. Un pudor infinito me invadió y cerré los ojos, que venga ya lo que sea y que acabe pronto, me dije.

Se colocó sobre mí, sin preámbulos. Yo lógicamente, terriblemente seca, llena de pavor. El hombre, con la misma falta de delicadeza, dirigió el miembro a mi entrada y presionó. Cualquier otro no lo hubiera conseguido, dada esa sequedad vaginal que tenía, pero era tal su erección y fortaleza que consiguió meterme parte de su gruesa polla. Sentí mucho dolor, el miembro me rascaba de forma terrible y no pude evitar gemir. Se detuvo y la sacó y no porque yo me quejara, creo que a él también le dolía.

Se agarró ahora aquel tremendo aparato con la mano, lo frotó a lo largo de mi hendidura reseca. Subió y bajó por mi coño, varias veces. Al menos esa operación no me resultaba tan brutal. Al cabo de practicar un rato esa operación, volvió a apuntar a mi entrada y empujando entró la mitad del miembro. Me dolía, pero algo menos. Quizás se estaba produciendo una dilatación involuntaria, aunque no lo deseara.

El tipo siguió presionando y al fin consiguió meterla totalmente. Sentí como me dilataba de forma horrible con el grueso falo. Una sensación de estar como atascada. Me apetecía gritar de ira, pero pensé en mi marido, allí a pocos metros, separado de un par de puertas.

El falo inició ahora un movimiento lento, entrando y saliendo. Me dolía ya menos… cada vez menos… .al final, ya nada.

Entonces me entró una terrible rabia conmigo misma. Estaba disfrutando sin quererlo, me estaba mojando. ¿Qué me pasaba?... ¿Sería quizás que había fantaseado mucho en mis relaciones con mi marido, y que una de esas fantasías era que me forzaban?. Se producía en mí un enfrentamiento, mi mente me decía que era un acto repugnante, humillante y que solo debía sufrir. Pero mi cuerpo iba por otro lado. Más que mi cuerpo, mi coño. Odié en ese momento a mi coño, lo llamé vicioso, traidor. Intentaba controlarlo con mi mente, pero era más bien al revés, mi coño me vencía. Además sentía una tremenda humillación si el hombre se daba cuenta que yo disfrutaba.

Pero el coño mandaba. No pude evitarlo. A pesar de mi lucha yo misma noté como se mojaba y al poco tiempo la gruesa picha entraba y salía suavemente, chapoteando en mis jugos.

Me abrí, sin darme cuenta, algo más, y el hombre lo notó. De forma vulgar, me espetó al oído:

- Te gusta, eh, zorra… . Disfruta, que pocas veces vas a tener una polla así.

Cabronazo, -dije, para mis adentros-. Me entraron ganas de abofetearle, de insultarle. Me tapé la cara con la pringosa almohada, no quería verlo ni que me viera. Pero mi boca estaba ya entreabierta, me faltaba aire, y no solamente por el calor, era la excitación que me venía de mi entrepierna.

Como hombre joven que era y seguro que hacia mucho que no follaba, su erección se mantenía terriblemente firme. Se apoyaba en sus brazos estirados, colocados junto a mis hombros, lo que le permitía una visión total de mi cuerpo. Sobre todo, no retiraba la vista de mis pechos, que se bamboleaban con los movimientos, con un erotismo que hasta a mí me gustaba.

El movimiento del tipejo era persistente. Lento, exasperante. Entraba y salía de mí, muy lento, como si quisiera disfrutar de cada milímetro de mi interior. El miembro entraba hasta el fondo, se retiraba dejando solo la cabeza dentro, volvía. Una vez, otra, otra…

Aquel entrar y salir, me fue inundando de flujos. A mi pesar, como he dicho. Pero allí estaba, violada, sometida, pero al tiempo puta. Entraba, salía… entraba… .salía… .. Miraba alguna vez su reloj, controlando el tiempo. El muy cabrón tenía suerte, de que su compañero había tardado poco, así disponía de más rato para él.

Entraba, salía… entraba, salía… . Un ligero “ plof” se oía cuando llegaba a sacarla y mi coño se cerraba totalmente encharcado. Su resistencia era increíble y se controlaba bien. Uno, eyaculador precoz, el otro, todo lo contrario.

Entraba… salía… Y yo comencé a sentir los primeros síntomas del orgasmo. Me agarré con fuerza a las sucias sábanas, intentando evitarlo, controlándome. No podía, cada vez estaba más cachonda. Ya sentí en aquel momento los preliminares claros de que iba a correrme. Antes de sentir el orgasmo, tengo unas contracciones involuntarias, reflejas, contraigo los músculos vaginales, aprisionando la polla que tengo dentro. Los hombres con los que he follado, les ha encantado a todos y todos han terminado rápido cuando les hago ese movimiento.

Y me vinieron los espasmos y esas contracciones. Fuertísimas… El baboso las sintió bien, pues se quedó primero algo perplejo… luego musitó a media voz algo así como “ Puta… puta..” Era claro que él ya tampoco aguantaba más. Pues sí, puta era, maldita sea mi estampa, me dije. Me maldecía a mí misma por estarle dando gusto a aquel cabrón.

Lo cierto que el orgasmo llegó sin poderlo detener. Me mordí los labios para evitar gritar. Subí las caderas, levantando incluso al hombre a pesar de su fortaleza. Fue largo, intenso, brutal. Quedé sin aliento, inmóvil, incapaz de sentir ni pensar.

El tipo también se había corrido, lo noté porque se dejó caer sobre mí, exhausto. Toda su piel estaba ahora sobre mí, asfixiándome de calor. Lo empujé un poco hacia un lado, para apartar su peso, y allí se quedó un rato, aunque siguió aprisionándome con su pierna y su brazo. Parecía medio dormido, pero no lo estaba, solo reposaba de su eyaculación y me manoseaba bien los pechos.

Pasó un rato de unos diez minutos. El tipejo fue recuperándose y miró su reloj… se permitió con chulería decirme en su aceptable francés:

- Nos quedan aún 20 minutos, zorra… .

Valiente hijo puta, me dije. Encima vanidoso. Pero claro, no era para menos. Tenía debajo a una mujer blanca, europea, rubia, sensual, que quizás ni en sueños había pensado en follarse. Y encima aquella mujer disfrutaba con él. El individuo aprovechaba al máximo cada segundo, era su día.

Yo seguía con la cabeza medio tapada con la almohada, para ocultar mi vergüenza. El individuo se incorporó, quedando de rodillas. Medio tapada, no le veía la cabeza, pero si las partes bajas. El falo, ahora algo morcillón, medio flácido, goteaba aún algo de semen. Y el resto de la eyaculación, dije para mí, en el interior de mi coño… que asco, espero que esté al menos sano.

Comenzó a sobarme de nuevo. Prestaba atención a mis partes más sensuales, en eso han coincidido todos los tíos, tanto los del primero como del tercer mundo. Esas partes eran mis muslos y mis pechos. Sus manos ásperas recorrían cada centímetro de mi piel, apretando, tocando. Me volvió a abrir, examinando despacio mi sexo. Para él seguro que era una sorpresa, el coño cuidadosamente depilado, no creo que las mujeres de su entorno tuvieran tiempo para esas cuestiones de belleza femenina, bastante era ya poder comer cada día.

Bajo la almohada mis ojos captaron otra vez la erección. Se volvía a empalmar el muy cabrón. Otra vez el mete y saca. Me la volvió a clavar sin contemplaciones, aunque esta vez ya sin dolor alguno por mi parte, estaba ya abierta como una burra. Pero esta vez hubo diferencia. No se limitó a la penetración. Debió de parecerle exquisito mi coño, depilado, suave, jugoso y alternaba la penetración con la bajada entre mis muslos, jugando con una larga lengua, algo rasposa, pero que me conducía al éxtasis. Algunos hombres que fueron mis amantes me habían dado buenos momentos de sexo oral, pero mi marido apenas nada. Y ahora volvía a sentir esa sensación ya casi olvidada. Continuó largo tiempo, con esa alternancia. Subía por mi cuerpo, lamiendo mi vientre, mis pechos, mi cuello y me la clavaba hasta el fondo. Luego volvía a hacer el mismo recorrido, bajando, hasta volver a lamer mi hendidura pecadora. Otra vez los putos espasmos, otra vez mis saltos de caderas, y es más… llegué a lo peor, llegué a colaborar con él, agarrando su cabeza fuertemente, apretándola como una posesa contra mi entrepierna, no quería ya que se retirase, quería que me hiciera terminar con aquella lengua perruna encajada en lo más hondo de mí.

Esta vez no pude evitarlo y gemí… gemí varias veces, aunque procurando controlarme. Estoy segura que mi marido algo alejado y además con el ruido de fondo del motor, no pudo oírme, pero si los otros asquerosos que estaban en la habitación de al lado. Escuché perfectamente sus carcajadas. Pero ya perdida por completo, no me importó… terminé como me vino en gana, sin controlarme, dejándome llevar, pasando mis piernas por encima del hombre, atrayéndolo, dominándolo… El presumía de su erección, pero también creo que le quedó claro mi capacidad de mujer

Esta vez aparté la almohada, ya todo me daba lo mismo. Que más da, me dije, que me vea la cara de viciosa. Sustituí en mi rostro mi angustia por una media sonrisa de satisfecha. Solo me faltaba el típico cigarrillo… Valiente zorra, pensaría el cabrón, y lo pensaba yo también.

El hombre, tras el cunnilingus tan bien llevado y tan bien recibido, se incorporó. Yo pensé que me la metería otra vez y acabaría, cosa que ya deseaba para poderme irme. Pero se le ocurrió otra idea. Cogió la almohada, la dobló y la colocó tras de mí, para dejarme medio incorporada. Subió de rodillas, hasta colocarse junto a mi cara y bajó la cabeza del falo, que seguía erguido, para apuntarla hasta mi boca. Comprendí lo que quería y para que resistirse, si él también me había dado de lo mismo.

Así que abrí la boca y sin contemplaciones me metió el miembro hasta la mitad y aun así estaba medio ahogada. Tenía que abrir bien mis mandíbulas para alojar semejante aparato. Decidí que había que terminar cuánto antes, y me presté a ello. Cerré los labios alrededor de su polla, apreté y succioné. Fue inmediato. El hombre emitió un sonido hondo, un gemido de macho cabrío, y sentí el escupitajo seminal en mi garganta. Me quedé entonces esperando que se retirara, para poder escupir el líquido, que aunque no era mucho, ya que era su segunda corrida, me estaba como quemando. Pero no se retiró, me agarró la cabeza, apretó y esperó. Comprendí… . Quería que me lo tragase. Era su hazaña final. Ya de perdidos al río… así que para adentro, todo. Tragué, cosa que no había hecho antes con ningún hombre.

Ahora ya se retiró y comenzó a vestirse. Me miraba con esa media sonrisa, ya no de deseo, sino con cierto agradecimiento. Ya relajada por mi parte, habiendo pasado el mal o buen trago, me atreví a responderle con otra media sonrisa. Me señaló un pequeño lavabo que había en el cuarto, que había que llenar con agua de una jofaina que había en el suelo. Me lavé y enjuagué la boca, me aseé los pechos, pasé mis manos también enjabonadas por mi sexo y muslos y me limpié con los kleenex que llevaba en el bolso. No quería que ningún olor me delatara ante mi marido. El encuentro había terminado, la puta se marchaba, me dije.

El se agachó y cogió mi braga. Se la guardó en un bolsillo, como trofeo, quizás para presumir delante de sus compañeros o para regalarla a su mujer, era una braguita negra, de encaje, muy linda. No me molestó el gesto, incluso me agradó. Afortunadamente llevaba otra en el bolso, que me puse antes de salir.

Al pasar por la sala donde estaban los hombres escuche como un oohhhhh de admiración…

En el pasillo, antes de salir donde estaba mi marido, me esperaba el oficial para despedirme… Solo me dijo señalando la salida:

- Ya se pueden marchar… gracias, madame… .

Aparecí en la sala de espera, habían pasado unos 50 minutos. Mi marido se levantó, sonriendo al verme aparecer sana y salva… .

- Cuánto has tardado, cariño… ¿ qué ha pasado… ?

- Nada cielo, ha pasado el mismo tiempo que has estado tú. Lo que sucede es que fuera se hace interminable. Ha sido igual, preguntas tontas, espera, rutina. Ya nos podemos ir.

Montamos en el todo terreno. Los hombres salieron todos a despedirnos. Curiosamente, no sentí la mirada despreciativa, lujuriosa de la llegada. Había, no se como lo diría, como un gesto de comprensión, de cierto cariño. Hasta de respeto.

Nos alejamos y al momento llegamos al otro puesto fronterizo. Me dio tiempo apenas para cubrirme con una chaqueta amplia, disimulando mis formas, no quería más problemas. Al llegar, tres hombres salieron, uno recogió los pasaportes y entró en la oficina para su diligenciado. Otro, hizo bajar a mi marido y le dijo amablemente que abriera el maletero para revisar el equipaje. Mientras hablaban en la parte trasera, otro hombre se acercó a mi ventanilla y en voz baja dijo… .

- ¿Se va la señora a gusto?.

- Qué, cómo dice?

- No se haga la tonta… Te han follado bien los vecinos, eh, menudos cabrones… ajajajaa

Bajé la cabeza mirando hacia el otro lado. Aquellos indeseables habían visto la jugada, nuestro jeep parado allí durante casi dos horas y ya se imaginaban lo ocurrido. Quizás hasta estuviesen de acuerdo para repartirse las turistas.

Salió el encargado de los pasaportes, los entregó, arrancamos y enfilamos la larga carretera. Apenas hablamos mi marido y yo. Solo le comenté que había sido algo angustioso y que no quería volver a pasar por ello. Nunca he sabido si mi marido se imaginó algo, creo que nunca llegó a adivinar lo que pasó esa tarde en aquel puesto fronterizo.

Me acomodé en el asiento, apoyé la cabeza en un cojín de viaje sobre la ventanilla y me quedé dormida. Quería descansar de cuerpo y de mente. El resto de las vacaciones no tuvo novedad.

Esta es mi historia, tal como sucedió. Comprendo que para unos provoque rechazo y para otros lo contrario. Pero de todo hay en la vida, verdad?

Feliz día.

5

Sobre esta relato

Autor: Sweetcochino
Relatos totales de Sweetcochino: 7641
Visitas de esta relato: 201

Esta relato se publica con licencia Distribución gratuita

Añade Comentario

Comentarios de Violada en la frontera

Nombre: (opcional)
Añade tu comentario:
Inserta el código de verificación:
 
 

Lo más leído

Lo más votado

Lo más comentado